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¡PIPI EN EL BAÑO! El proceso de dejar el pañal

Si les contara cuántas veces me preguntaron “¿Y todavía usa pañaaaaaal? ¿Cuántos años tiene, pues?” Y cuántos silencios incómodos siguieron a la respuesta a esa pregunta. Y cuántas veces dudé si lo estaba haciendo bien. Y cuántas veces vi el video en YouTube en el que el doctor Carlos González habla acerca del proceso de dejar el pañal… terminarían cansadas.

Tres años cinco meses. En teoría, cambié más de mil pañales; en mi mente, durante el último año sentí que cambié más de medio millón y con los ojos de la mitad de la población de la ciudad en la nuca. Creo que este ha sido, a la fecha, el aspecto de la crianza de Fabián en el que más presión social (¡y familiar!) he sentido. Sentía que tenía que justificar una y otra vez mi convicción de que cada niño madura a un ritmo diferente, que es una cuestión de madurez física, que adelantar o forzar el proceso es contraproducente; así recitaba toda la información que recabé al respecto durante un buen tiempo.

Como con la mayoría de los aspectos de la crianza, las personas cercanas dan sugerencias con buena intención y ojalá la intención les cambiara el sabor, porque siempre saben amargas. Sentía presión y la presión me pone de mal humor, reactiva y con poca paciencia. En mi ansiedad, empecé a comprar cosas; compré el arito reductor de Cars para el inodoro que fue un desastre desde la primera vez que lo usamos, porque obviamente no había sido decisión de él, sino mía: hubo que sobornarlo para subirlo al inodoro y que se sentara ahí, sobornarlo más para que se quedara sentado y básicamente amenazarlo para que hiciera popó… cosa que ya sabrán que no sucedió. Una vez logré llevarlo a medio camino al baño y ni les cuento cuánto se embarró esa cosa–mejor la tiré. Compré el mini inodoro de Paw Patrol (que hacía un ruido infernal al apachar la palanquita para “echar agua,” pero a él le parecía de lo más cómico y a mí me sacaba de quicio, lo que hacía toda la experiencia más estresante aún).

Un par de veces me dejé convencer (desde ahí empezamos mal, la convencida no tenía ni tengo que ser yo, sino él) de simplemente ponerle el calzoncillo y ver qué pasa. Obviamente, el lote de calzoncillos limpios duró menos de una hora, y se me partió el corazón de verlo a él tan estresado y avergonzado cada vez que ocurría un accidente. Hasta escribirlo me hace sentir culpa. Un día dije BASTA, no voy a dejarme presionar ni lo voy a presionar a él más. Dejará el pañal cuando lo deje y punto. Estábamos de acuerdo con mi esposo y eso era todo lo que hacía falta.

Vuelta al pañal y ni una palabra más.

Busqué más información y leí un artículo acerca de cambiar el pañal de pie en el baño según el método Montessori que recomendaba hacerlo de esta forma desde que el niño puede pararse bien y sin ayuda… bueno, pensé, más vale tarde que nunca. Nosotros ya usábamos los pañales Huggies Natural Care Autoajuste para el día desde hacía ya bastante tiempo y estaba siendo bastante complicado cambiarlo acostado y me di el proverbial golpe el la frente. Duh! Como sugiere el artículo, preparé el ambiente con un banquito antideslizante frente al inodoro (éste era la base de su bañerita de bebé), coloqué las toallitas húmedas Puedo Solito de Huggies “para niños grandes” donde las pudiera ver, coloqué otro banquito frente al lavamanos, puse el jabón y la toalla a su alcance. Voilá!

Así pasaron los meses. A veces me avisaba cuando ya estaba haciendo pipí, otras veces me avisaba ya después, a veces lo cambiaba en el baño y otras en el cambiador. Un mágico día, regresó del colegio y me dijo que quería hacer pipí. Le pregunté si quería ir al baño y me dijo que sí. Fuimos e hizo pipí. Yo no sabía qué hacer, les soy honesta: ¿lo ayudo? ¿lo limpio? ¿se limpia él? Ese “equipo” no es el que yo he manejado por 40 años y mi esposo no estaba en la casa, así que hice lo que mi intuición me indicó. Al subir el pantalón le pregunté si quería otro pañal o si quería calzoncillo. “CALZONCILLO, MAMI.” Ay Dios, yo sentí que los cielos se abrían y el coro de ángeles cantaba aleluya.

Esa misma tarde, a sugerencia de mi hermana, fui a comprar una docena de calzoncillos por aquéllo de los accidentes y qué bueno que le hice caso. Durante las semanas siguientes hubo varios accidentes y al cambiarlo siempre le pregunté si quería ponerse calzoncillo o pañal y siempre pidió su calzoncillo.

En aras de la verdad, llevamos más de cuatro meses en estas, todavía hay uno que otro accidente y aún usamos el pañal de la noche. Sin embargo, con lo que aprendí de todo este proceso, seguiremos con el pañal de la noche hasta que amanezca seco por un buen tiempo.

Nuevamente, mi hijo me enseña más de lo que yo puedo enseñarle a él. Me enseñó a ser paciente, a confiar en mi intuición y a confiar en que es él quien decide con respecto a él mismo y que mis planes y mis expectativas solamente hacen más difícil nuestra relación.

¡Que vivan los calzoncillos!

 

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