Embarazo

EL NACIMIENTO DE CATALINA

A Catalina,
mi mayor prueba de carácter.
A Valeria,
mi primer amor.

A Juan Pablo,
mi compañero de aventuras.

A mis papás,
mis primeros maestros.

A Viana, María Lucía y Ana,
mis doulas y hadas madrinas.
A Linda y a Celia,
guerreras.
…gracias.

Tuve un embarazo sano. Comí, salí, dormí, lucí mi panza por donde pude. Con mi primer embarazo fue igual; me sentía en las nubes y me sentía lindísima, pero era ocho años más joven y había mucha menos información disponible (ni siquiera Facebook en el celular, con eso lo digo todo); tampoco había tantos blogs donde leer sobre las experiencias de otras mujeres. “Se hace lo que se puede, donde se está, con lo que se tiene”, dicen por ahí. Y vaya si es cierto cuando nos convertimos en mamás. Fue una cesárea en la que no tuve mayor participación y cedí todo al sistema hospitalario, porque eso era lo que yo sabía y creía correcto. Eso era “lo normal”, y lo hice convencida de que era lo mejor. Mi hija es una niña sana, inteligente, amorosa; creo que las circunstancias de ninguna manera alteraron el amor. Sólo que ahora, después de informarme, de formarme como doula, de trabajar y compartir con muchas mamás de distintos trasfondos y formas de criar, sé que algunas cosas pudieron haber sido diferentes.

Esta vez me preparé para el parto que yo quería: fui con mi esposo a un curso de preparación e hice yoga prenatal, investigué, busqué a las profesionales que podían ayudarme a lograr un parto vaginal después de cesárea (PVDC) en un hospital. Mi esposo, mi doula, mi ginecóloga, la neonatóloga y yo, preparamos en equipo el plan de parto y el plan “B” en caso de cesárea. Fue una experiencia compartida muy linda, con conciencia y responsabilidad; casi diez meses de los que disfruté cada segundo.

Un sábado empezando la semana 39, fui a chequeo con mi ginecóloga y en el ultrasonido pudimos ver que la cabeza de Catalina estaba apoyada en el borde de mi pelvis y el trabajo de parto supuestamente podía estar a semanas de iniciar (¡nooooooo..! ya estaba desesperada y para explotar). Pensé que teníamos tiempo, pero el lunes a eso de las 2:00 a.m. empezaron las contracciones. Como sabíamos que el proceso era largo, mi esposo se fue a trabajar y yo me quedé en casa con mi mamá; salimos a caminar, hice ejercicios en mi pelota, estuve de pie, hincada o en cuatro puntos todo el tiempo (gracias, mama, por atenderme con tanta paciencia). Poco a poco las contracciones fueron intensificándose y haciéndose más frecuentes; Viana, mi doula, estaba de viaje, así que llamé a quienes se quedarían en su lugar en caso de que eso pasara; Ana y María Lucía llegaron a la una y mi mamá se fue con mi hija mayor, como habíamos acordado. Mi esposo llegó poco después.

Mi trabajo de parto fue en nuestra casa, tal como lo quise. Tuvimos momentos de mucha emoción, muchos abrazos, besos y ternura. Recuerdo cuando vinieron mi mamá y Valeria; ella estaba emocionada y quería despedirse de mí antes de irme al hospital. Recuerdo su carita, entre asombrada y preocupada, la fuerza con que nos abrazamos, la dicha de sentirme tan poderosa y tan vulnerable al mismo tiempo, tan mamífera. No pude contener las lágrimas. Mi esposo, silencioso pero presente, amoroso y fuerte; aunque seguramente tenía miedo, siempre me sentí tranquila con él. Y nuestras doulas, ¡qué cosa tan linda! Me sentía como en esas historias que sólo había leído en blogs.

Tengo una imagen de mí misma en el baño, con los codos sobre el lavamanos y la espalda presionada contra la pared. En algún punto sólo eso aliviaba las contracciones. Recuerdo mis sonidos y las voces calladitas a mi alrededor. Las luces apagadas, las velas encendidas; ese dolor intenso, emocionante. Me imagino como una leona, buscando lugares escondidos y oscuros.

Recuerdo las manos de Ana en mi pelo haciéndome trenzas porque yo no podía concentrarme para peinarme sola, y se me viene a la mente esa imagen con lágrimas en los ojos cada vez que una trenza podría aliviarme el alma como una sopita de pollo. Nunca hablamos de horas, de tiempos, de relojes ni de carreras. Comí y tomé lo que quise. Me reí, lloré, escuché música. Un sueño de verdad.

Unas horas después, las contracciones ya venían cada par de minutos y muy intensas; mi esposo habló con la doctora para encontrarnos en el hospital porque, según yo, ya era tiempo. Si tan solo hubiese sabido cuánto faltaba…

Llovía fuerte y fue cómico salir de la casa con mi pelotota gris (que, por cierto, ha sido una de las mejores compras que he hecho), las doulas, mi esposo y yo. Llegamos al hospital y me pasaron a la emergencia. Al poco tiempo llegó mi ginecóloga y leyó el plan de parto al personal de enfermería y a los médicos de turno, que me veían como bicho raro. “¿Vaginal después de cesárea? ¿En serio?” “Ah, usted es de esas que no quiere epidural.” “Acuéstese” (¡que no me voy a acostar le digo!). Fue molesto pasar de la comodidad de mi casa a ese cuarto de la emergencia, frío con luz blanca, donde se me preguntaba de todo y se me daba instrucciones mientras yo estaba, literalmente, pariendo. Finalmente fui caminando a mi habitación, la 106. Al inicio llegó mi familia, entraron uno por uno a acompañarme y luego se fueron. Mis papás se quedaron afuera esperando -seguramente preocupados, ansiosos, emocionados. A partir de ese momento tengo pocos recuerdos aunque estuvimos ahí siete horas más con contracciones seguidas, intensas; mi ginecóloga conmigo todo el tiempo -sí, siete horas- conmigo ahí en la habitación, en silencio, tranquila, sonriente, paciente. Mi plan de parto respetado en todo momento; las luces apagadas, pocas intervenciones, poca gente, sin pinchones ni vía intravenosa, en mi pelota, en el piso, en el sillón, con monitoreo intermitente del ritmo cardíaco de la bebé, nunca acostada en la cama y moviéndome libremente. No recuerdo que haya entrado más que una enfermera a tomar mis signos vitales y lo hizo en silencio, con la luz apagada. Hasta ese momento, supe poco de lo que pasaba afuera.

La 106.

El trabajo de parto fue avanzando y Catalina no encajaba en mi pelvis; sentía muchísimo dolor en la espalda porque ella estaba viendo hacia arriba, la parte de atrás de su cráneo haciendo presión en mi columna vertebral.

Vomité un par de veces, maldije, grité, creo que hasta me desmayé porque el dolor de espalda era insoportable. A la 1:30 a.m. del martes, después de casi 24 horas y con contracciones cada minuto (entre las cuales me dormía), no aguanté más. Pensé en una epidural para seguir intentando pero yo sabía que, si bien iba a quitarme el dolor, podía detener las contracciones. Estaba agotada y sentía que mi cuerpo y mi mente simplemente no podían más. Sé que, a partir de cierto momento en el hospital, no pude entregarme por completo al parto que quería, tal vez por mi tensión y la tensión de afuera porque el parto no avanzaba. En el fondo todavía me pregunto qué pude haber hecho diferente, pero sé también que hice lo que estuvo en mis manos hacer.

Fue una decisión muy difícil someterme a cirugía otra vez, sabiendo que nunca deja de extrañarse ese parto que no se tiene. En el traslado a sala de operaciones, acostada de espaldas sobre la camilla, sentí el dolor físico más intenso de mi vida (sólo me preguntaba cómo diablos pueden hacer que las mujeres pasen todo el trabajo de parto acostadas), además del dolor de pensar que mi cuerpo había fallado y que había sido chambona. Otra vez. Mi esfuerzo, mi preparación y mi expectativa pasaron por mi cabeza mil veces en ese trayecto al quirófano. En ese rato lloré mucho, sentí tristeza, miedo y pena por no haber aguantado más. Pero, al final, fue el resultado de mis decisiones. Y eso lo cambió todo porque esta vez conocía mis derechos, tenía responsabilidad, tenía información, tenía opciones. Tuve poder de decidir sobre mi cuerpo, sobre mi parto y sobre mi bebé.

Recibí la epidural y me quedé dormida unos minutos en el quirófano, antes de la cirugía. No sé si fueron segundos, pero sentí la gloria porque estaba agotada. Recuerdo a todos a mi alrededor sonrientes y amables. El equipo ofreció una oración antes de iniciar. La ginecóloga, la neonatóloga y el personal de enfermería respetaron nuestro “Plan B” de parto, ese papel que representaba todo el tiempo y energía invertidos en nuestra preparación y la fe que teníamos en el sistema de salud, al pie de la letra. Pedí a mi esposo presente, mi mano sin amarrar para tocar a mi bebé, el corte tardío/oportuno del cordón umbilical (por eso se ve tan rosadita en el video; recibió toda la sangre de la placenta), nada de sondas, nada de baños, suero glucosado ni fórmula. Respetaron todo lo que pedí y cada orden de las doctoras. En mi cesárea anterior, recuerdo que los médicos hablaban de fútbol y nadie me dirigió la palabra. Esta vez, me explicaron paso por paso lo que hacían; todos estaban tranquilos y me tomaban en cuenta en las conversaciones. Tenía mi mano desatada para poder rascarme la cara si quería, y para poder tocar a mi bebé cuando naciera.

Escucharla llorar por primera vez y calmarse al escuchar mi voz, poder tocarla y besar su carita, sentir su olor y verla mirar a su papá con esos ojos como aceitunas, son recuerdos grabados en mi mente para siempre. Pude enfocarme por completo en ese momento sublime en que mi familia se completó; pude saborearlo y disfrutarlo porque hubo silencio, hubo sonrisas, hubo tiempo y paciencia. Pude verla despierta, tocarla, besarla, acariciarla, hablarle, saber que tuvo un nacimiento en paz y con amor. Eso era todo lo que quería. Mi esposo y yo pudimos conocer en persona a quien esperamos tanto tiempo, sin prisas, sin violencia, sin presiones ni apuros.

Pedí que entregaran mi placenta a mi doula para encapsularla, y lo hicieron sin discutir. 45 minutos después de la cirugía (por normativa no negociable del hospital), ya estaba en mi habitación con Catalina lista para ponérmela al pecho, y a partir de entonces nunca más nos separamos. Se quedó conmigo 24 horas; las enfermeras no dudaron en ofrecerme la pacha, o llevársela para que yo pudiera descansar, o el bañito o las fotos de cajón, pero respetaron mis decisiones y mi “no gracias” y, aunque algunas me veían como un espécimen extraño, me atendieron y llegaron con la mejor disposición cuantas veces soné el timbre. Durante las noches que estuve ahí, platicaron conmigo, me trataron con respeto; me ayudaron a levantarme de la cama y me hicieron compañía mientras yo me hacía cargo de mi bebé. Me peinaron, me ayudaron a vestirme, me dieron agua y comida en la boca cuando no había nadie ahí conmigo mientras daba de mamar. Sé que estaban haciendo su trabajo, pero yo lo sentí como mucho más que eso.

Mi parto y mi posparto fueron respetados y tratados como lo que son: momentos trascendentales, importantes, fundamentales e irrepetibles de la vida; no porque el personal médico haya sido “buena onda” conmigo, sino porque yo conocía mis derechos, porque tuve voz y voto sobre mí y sobre mi bebé, y porque ellos dieron la talla como profesionales. Quisiera que en Guatemala ese fuera la regla, y no la excepción.

Tuve una cesárea preciosa, sanadora y reparadora. Fue un trabajo de parto perfecto e íntimo que disfruté y hoy disfruto recordar. Trabajé con mi bebé casi 24 horas, y no me arrepiento de ni siquiera un segundo porque fue exactamente como quise. Un plan de parto y un “Plan B” respetados al pie de la letra. Aunque las cosas tomaron un curso inesperado, Catalina fue bienvenida al mundo entre sonrisas, silencio, alegría, amor, respeto y mucha paz. En alguna parte leí, Se dice que las mujeres cuando están en trabajo de parto abandonan sus cuerpos. Viajan a las estrellas a reunirse con las almas de sus bebés, y regresan a este mundo juntos…. Eso era todo lo que quería, y cada segundo valió la pena porque lo conseguí, en la Semana Mundial del Parto Respetado.

Natalia

Mi maestría y mi doctorado: Valeria y Catalina

Links de contacto de doulas: Intuición Materna / Una Manita entre Mamás / Nacer Dos Veces

Ginecóloga: Dra. Linda Valencia / Teléfono: 3011 1349 / e-mail: clinicamujerysalud@yahoo.com

Neonatóloga: Dra. Celia Albizures / Teléfono: 5412 8518 / e-mail: lubybatres@hotmail.com

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Esposa, mamá, psicóloga y doula. Estudiante eterna, apasionada la vida simple y de todo lo relacionado con la maternidad -con un poco de jardinería, libros, vino, boxeo y Seinfeld en la mezcla. Vivo, escribo y cocino sin recetas, buscando el equilibrio para ser feliz haciendo lo que puedo, con lo que tengo, donde estoy -la clave es nunca dejar de evolucionar.