Ser Mamá en Guate

No me regales para Navidad

He visto en varias páginas relacionadas a mascotas la campaña para no regalar animalitos para la Navidad y decidí escribir un poco al respecto. Me salió largo el post, pero me encantaría que me tuvieran paciencia y lo leyeran completo.

Toda mi vida he tenido perro.  Mi primer susto me lo llevé con un doberman que tenían mis abuelos que se llamaba Tizok, lo sé porque mi mamá escribió en mi album de bebé que me asusté mucho (si vieran mi album de bebé… se nota que mi mamá era primeriza y todo lo que yo hacía era una gracia digna de fuegos artificiales; gracias Mami).  Luego moríamos por un French Poodle y mi papá nos regaló una perrita preciosa que nos sufrió las travesuras de los tres hermanos.  Sin embargo, siempre se le trató como un miembro más de la familia:  jamás durmió afuera de la casa (es más, por una época durmió a la par de mi cama en el moisés que fuera de mi hermano y mi hermana y luego no sé de qué prima más), era re consentida y siempre tuvo comida, agua y cariño.  La responsabilidad de bañarla era nuestra, así que eso era lo único en lo que tal vez no le iba tan bien y padeció en más de una ocasión de nudos en el pelo y pulgas.  Vivió más de 10 años y quedó casi completamente ciega, por lo que hubo que ponerla a dormir.  Claro, de esto me enteré cuando ya era adulta, porque en su momento mi mamá nos dijo que la habían operado y que no había aguantado la operación.   Lloré muchísimo al enterarme.

Ya de adulta, un novio me contó que había una perrita Yorkshire Terrier de alguien tenía muchísimos perros y que se iba a cambiar de casa a un lugar donde no podría tenerlos, así que la adoptamos.  Mi Nena (yo no le puse el nombre, conste) era “savage,” (con acento francés, por favor): no estaba educada para ir al baño afuera, así que los accidentes eran constantes; sacaba el contenido de los botes de basura nuestra y la de una vecina maleducada que sacaba las bolsas de supermercado llenas de basura al garaje, y más de una vez encontramos un esqueleto de pollo entero metido en su cama o empaques de queso o mantequilla.  Les comparto la anécdota clásica para describir a mi Nena:  Decidimos hacer una cena con mi mejor amiga, una cena delis solo para nosotras dos y un amigo más que se iba a vivir a Costa Rica.  Previo a la cena, tomamos un par de tragos y boquitas en la sala y luego pasamos al comedor.  A media cena, ya con un par de Cosmopolitans encima (no nos juzguen, en ese entonces eran el hit) oímos “campanitas” y nos empezamos a preguntar si realmente alguien tocaba campanitas, nos estaban espantando o ya habían sido suficientes Cosmos.  Fuimos a buscar el origen del ruido y nos encontramos a la Nena subida en la mesa de la sala, devorándose los mejillones del plato de cristal de mi mamá, donde los palillos de metal sonaban unos con otros y de ahí el ruido de “campanitas.”

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Realizando su actividad favorita:  yacer.  Jajaja.

Cuando conocí a mi esposo, él se enamoró de la Nena y ella más de él.  En más de una ocasión se la llevó a dormir a su casa, ante el horror de mi suegra y las burlas de mi suegro, quien insiste que un Yorkie no es un perro “de hombres,”  jajaja.  El día después de mi boda civil, la Nena convulsionó en los brazos de mi ya esposo.  Había tenido una historia de tumores mamarios y uterinos, por lo cual tuvimos que operarla varias veces.  Para este entonces, ya tenía 14 años y nos preocupamos muchísimo.  Mi esposo jamás la quiso dejar solita y nos la llevamos a todos lados;  ese lunes la internamos en el hospital y nuestro super veterinario nos insistió que no nos preocupáramos, que íbamos a hacer lo mejor para ella.  Sin embargo, no mejoró.  El miércoles me llamó y me dijo que teníamos que tomar una decisión, porque ella no mejoraba y no encontraban la causa de su enfermedad,  que hacerlo sería muy incómodo para ella y si encontrábamos la raíz del problema, por su edad probablemente no soportaría el tratamiento.  Al escribir esto, no puedo evitar llorar… Ha sido probablemente uno de los peores días de mi vida.  Lo cuento y todavía se me oprime el corazón.  Estuvimos con ella hasta el último momento y logramos despedirnos, pero lo que más me tocó el alma fue su carita cuando el veterinario nos la llevó para que nos despidiéramos.  A pesar de su enfermedad, a pesar de su dolor y quién sabe qué más dolencias físicas le aquejaban, en el momento que nos vio, su carita se iluminó, movió la colita con todas sus fuerzas y empezó a dar grititos de felicidad.  Ese amor… ese amor es casi imposible de describir.  Ese lazo que nos une con un animalito tan indefenso, para quien nosotros somos todo y que depende por completo de nosotros.  Cremamos a mi Nena y ella sigue con nosotros, día a día la veo en mi refrigerador y sobre mi chimenea, porque para mí ella fue y es parte de mi familia.

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Mi Nenis, siempre con nosotros.

Luego de esto, hubo muchos cambios en mi vida.  Me casé y me fui a vivir con mi esposo, decidí perseguir mi sueño de la cocina y eso significaba dejar la seguridad de un trabajo de oficina para empezar la vida de entrepreneur.  Quien haya montado algún negocio propio sabrá que al inicio pasamos mucho tiempo matando moscas y me sentía muy sola.  Todos los domingos lloraba pensando en mi Nena y así, después de investigar mucho acerca de las razas que más se ajustaban a nuestro estilo de vida, tomamos la decisión de buscar a Athina.

La encontramos por pura casualidad y la escogimos cuando tenía una semana de nacida.  Nos han criticado mucho por tratarla como si fuera un hijo, pero para nosotros eso es; ella es parte de nuestra familia y se le trata como tal.  Ha demostrado su inconformidad ante la llegada de Fabián, claro está, ya que no se le puede poner la misma atención de antes, pero no ha cambiado su estilo de vida.  Decidió demostrarnos su inconformidad en nuestro colchón y nos salió cara la broma.  Note taken.

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Todavía no está muy convencida de que quiere a este pequeño humano en su vida.

A lo que voy es que me parte el corazón ver cómo muchas personas piensan que un perro es un “regalo.”  Un perro es una RESPONSABILIDAD.  Un perro necesita tiempo, amor, dedicación y cuesta dinero.  No considero correcto comprar un perro para dejarlo afuera en el jardín, mucho menos dejarlo amarrado y con una bolsa de concentrado por ahí.  Me parece una tortura comprar un perro sin informarse acerca de la raza, sólo porque se ve bonito, y luego de que el pobre animal sufre por no ser lo que el dueño pensaba o cuando el dueño se da cuenta que hay que dedicarle tiempo o que las características de la raza no concuerdan con su estilo de vida, lo regalan.   Mucha gente compra cachorritos sin recordarse que se convertirá en un perro adulto, que como todo ser vivo, pasa por una  infancia y una adolescencia y que debe ser educado como tal.

Quiero con mi post hacer conciencia para que en esta Navidad no regalen perritos.  Un perrito no es un regalo, es un ser vivo, con personalidad y que nosotros como humanos le hemos modificado para que sea completamente dependiente de nosotros.  Tener un perro es una decisión que no hay que tomar a la ligera.

Les comparto una imagen de PETmi, que me encantó.

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En memoria de mi Nena, mi “savage” de cola colocha.

Al Negro, por estar con nosotros en cada etapa de su vida y tratarla con todo el amor que ella se merecía. 

Edith

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Entusiasta de la comida: hacerla, compartirla y disfrutarla; me gusta tanto, que la hice mi profesión y planeo mis vacaciones alrededor de ella. Mujer, esposa y mamá, mantengo mi sanidad mental escuchando rock ochentero y buscando la IPA perfecta. El amor no se encuentra, se construye.