Embarazo, Maternidad y Crianza, Posparto, Ser Mamá en Guate

A TI, QUE ABANDONASTE A TU BEBÉ

Durante los últimos meses he leído noticias de bebés que aparecen abandonados en cajas, en mochilas, en bolsas; algunos para ser encontrados y otros abandonados para morir. No sé qué suerte corrió el tuyo. Siento una punzada en el estómago cada vez que me encuentro con una noticia así, y me destroza el corazón. Me duele por ese bebé y, en igual medida, me duele por ti.

Mi hija más pequeña cumple nueve meses en unos días; la mayor, ocho años. Las esperé desde mucho antes de quedar embarazada. Las soñé, las deseé, las pedí y las amo con todo el corazón. Estoy por cumplir 33 años. Tengo estudios y soy graduada de la universidad. Tengo un trabajo que me encanta, que me permite subsistir y que además me permite pasar tiempo con mi familia. Tengo un esposo maravilloso, una casa, comida, luz, agua, teléfono, pañales. No tengo lujos ni extravagancias, pero no me falta nada. Tengo papás, tengo hermanos, tengo amigas, tengo una tribu. He tenido dos embarazos deseados y sanos, sin una sola complicación. Tuve información, yoga, clases prenatales. Leí todos los libros y vi todas las películas.

Con mi segunda bebé, tuve una cesárea respetuosa con una ginecóloga espléndida, dos doulas excelentes y una atención excepcional en el hospital con mi plan de parto seguido al pie de la letra. Al darme de alta, me llevaron al carro en silla de ruedas con un arreglo de globos. Tuve a alguien para ayudarme en casa con la limpieza, la comida y la lavandería; nunca estuve sola. Tuve ayuda para cuidar a mi hija mayor y medicamentos para aliviar el dolor de la cirugía. Tuve una cama caliente donde dormir y agua tibia para bañarme. Tuve el amor y la compañía que me permitieron amamantar y disfrutarlo. Tuve todo y, a pesar de ser la segunda vez, nada me preparó realmente para esto.

En las noches y en las madrugadas, algunas veces quise salir corriendo. A pesar de amar a mi bebé con todas mis fuerzas, algunas noches lloré y lloré sin consuelo; quise darme por vencida con las rodillas temblorosas por el desvelo, el cansancio y el dolor de mi cesárea y de mis pechos, y la angustia que me invadía con cada quejido, con cada llanto, con cada nuevo despertar de mi bebé. No lograba lidiar con las dudas sobre mi capacidad de cuidarla, de hacerme cargo de ella como debería ser. Me jalé el pelo, me mordí por no gritar de angustia. Me sentí sola y temerosa. Por mi mente pasaron distintos escenarios, uno más terrible que el otro, y luego la desgraciada culpa. Mi bebé está bien, yo estoy bien, lo tengo todo y debería sentirme perfectamente entera. Pero yo –adulta sana, psicóloga, doula y esposa, durante muchas noches lloré en silencio y somaté el piso con los pies por la desesperación de sentirme sumergida en el cansancio, en la ropa y el pelo sucios de varios días, en el dolor post-operatorio al punto de no poder reír ni estornudar, en lo difícil de la lactancia inicial, en lo terrible de esta personita que desconocía por completo y que, para colmo, era perfecta. Seguramente yo estaba mal. Y el ego que me hacía tan difícil rendirme y pedir ayuda o simplemente compañía. Leés todos los libros, ves todas las películas, tomás todas las clases, pero nada te prepara para lo duro de las primeras semanas.

Desde hace algunos días pienso en ti, mamá que abandonaste a tu bebé. Tal vez te arrepentís, o quizás no. Ahora que veo atrás, tan lejos a esos días agridulces, me pregunto cuántos años tenés. ¿13, 14? Tal vez sos una niña. Tal vez nadie te explicó nunca cómo se concibe un bebé, y mucho menos cómo debés cuidarlo. Tal vez ya sos una mujer sin un centavo para criarlo. Tal vez tenés alguna discapacidad intelectual o algún problema físico; tal vez una depresión o una psicosis posparto de la que nadie se dio cuenta y no tenés nada de ti misma para darle. A veces yo siento que no me queda nada más que dar, y lo tengo todo.

Quizás creciste en un hogar sin amor, donde alguien te abandonó también a ti. Tal vez has llevado una vida de dolor, tristeza y maltrato. Tal vez tu maternidad fue forzada, tu cuerpo utilizado, tu bebé impuesto sobre ti sin que lo pidieras.

Amanda Yin

Me pregunto cómo habrá sido tu parto, quién estaba contigo, cómo te trataron. Me pregunto si alguien tomó tu mano entre el dolor, te miró a los ojos o simplemente te llamó por tu nombre y no “mija”, “mamita”, “mi reina” en ese momento tan importante y crucial en la historia de tu vida. Me pregunto si el médico fue respetuoso contigo, si tuviste un parto tranquilo o si tuviste a tres enfermeras haciéndote una Kristeller. Quisiera saber cuánto tardaron en llevar a tu bebé contigo y si alguien te acompañó con respeto en esos primeros momentos de la lactancia. Me pregunto si siquiera pudiste amamantar.

¿Tuviste una cesárea? Quisiera saber cómo saliste del hospital, quién te acompañó a casa, quién te ayudó a cargar tus cosas y te preparó algo de comer. Me pregunto si tenías un lugar cómodo para descansar. Me pregunto si alguien te dijo que te ama, te dio un abrazo y te dijo que la angustia, el cansancio y el dolor son pasajeros. ¿Quién te explicó todo lo que estaba pasando con tu cuerpo, con tus hormonas, con tus emociones? ¿Quién te dijo que era normal sentirte así? Que todas hemos querido salir corriendo en algún momento o nos hemos preguntado asustadas ¿qué rechingados es esto?

Quisiera saber si alguien te ayudó a vestirte o a sostener a tu bebé mientras ibas al baño. Seguramente recibiste pocas palabras de aliento y muchos reproches. Seguramente te dijeron que ahora debés aguantarte por haber tenido sexo. Por puta. Seguramente desde el inicio te hicieron ver a tu bebé como un castigo y una carga. Quizás lo hiciste todo sola por vergüenza o por miedo al rechazo de tu familia.

Lamentablemente, ser mamá en Guate no siempre es lindo. Por eso pienso en ti, mamá que abandonaste a tu bebé, con los ojos llenos de lágrimas, por ese puerperio que te tocó vivir. Porque aún en los días difíciles yo he tenido todas las circunstancias a mi favor, y tú quizás no has tenido ninguna. Ni siquiera un pañal para sostener el sangrado de tu posparto, ni medicamentos para el dolor. Ni siquiera comida que te sustente o agua limpia para tomar.

Pienso en ti porque el rechazo a tu propio bebé es el reflejo de un sistema que te aplasta, que te silencia, que te deja sin respirar; un sistema educativo y de salud tan deficientes y fallidos que te convierten en una simple estadística de mortalidad. Es producto del desamor y de la soledad extrema en que muchas madres viven el posparto en sociedades como la nuestra. Es resultado de la corrupción, de la falta de sostén, la falta de recursos, la falta de tribu. Sálvese quien pueda.

Savage Designs

Pienso en ti, mamá, sin reproches ni juicios, porque cualquiera de nosotras podría ser tú. Porque puedo asegurar que todas hemos sentido esa desesperación y angustia, ese cansancio, ese dolor en soledad más de alguna vez. Tú simplemente no supiste ver las alternativas ni la luz al final del túnel, o no las tuviste, o las buscaste y no las encontraste por ningún lado. Porque la realidad es que, para ti y para millones de guatemaltecas, esa luz simplemente no existe. Pienso en ti y, aunque de ninguna manera intento justificarte, no te condeno y no te odio tampoco; más bien te abrazo con la promesa de dedicar mi trabajo a que cada vez te aparezcas menos.

Natalia

(Imagen de portada – Jillian Tamaki)