Ser Mamá en Guate

A TI, QUE ABANDONASTE A TU BEBÉ

Durante los últimos meses, he leído muchas de esas noticias de bebés que aparecen abandonados en cajas, en mochilas, en bolsas; algunos para ser encontrados y otros, dejados a su suerte. Esos titulares resuenan más en mi cabeza ahora, mientras sostengo a mi bebé en brazos, pero estoy segura de que no son noticias nuevas.

No sé qué suerte corrió tu bebé cuando lo abandonaste. Siento una punzada en el estómago cada vez que me encuentro con una algo así, y me destroza el corazón. Me duele por ese bebé y, en igual medida, me duele por ti.

Soy mamá de dos niñas, a quienes soñé, deseé y amo con todo el corazón. Tuve a la primera de 24 años y a la segunda, de 32. Tengo estudios y me gradué de la universidad. Tengo un trabajo que me encanta, que me permite subsistir y que además me permite pasar tiempo con mi familia. Tengo un esposo maravilloso, una casa, comida, luz, agua, teléfono, pañales. No me falta nada. Tengo papás, tengo hermanos, tengo amigas, tengo una tribu. He vivido dos embarazos sanos, sin complicación y además con yoga, clases prenatales, doulas, atención en un hospital privado. He leído todos los libros y sé exactamente cómo quedé embarazada.

Luego de cada uno de mis partos, al darme de alta, me llevaron al carro en silla de ruedas con un arreglo de globos y me fui a mi casa acompañada de mi familia. Tuve a alguien para ayudarme con las tareas domésticas, la limpieza, la comida y la lavandería; alguien que se aseguraba de que no me faltase comida ni agua. Nunca estuve sola. Tuve medicamentos para aliviar el dolor, tiempo para descansar y recuperarme. Tuve una cama caliente donde dormir y agua tibia para bañarme. Tuve el amor y la compañía que me permitieron amamantar y disfrutarlo. Tuve todo y, a pesar de eso, no ha sido color de rosa.

En las noches y en las madrugadas, algunas veces quise salir corriendo. A pesar de amar a mi bebé con todas mis fuerzas, algunas noches lloré y lloré sin consuelo; quise darme por vencida con las rodillas temblorosas por el desvelo, el cansancio, el dolor y la angustia que me invadía con cada quejido, con cada llanto, con cada nuevo despertar de mi bebé. No lograba lidiar con las dudas e incluso con la preocupación económica que a la mayoría nos aqueja, a veces sin darnos cuenta de la fortuna que tenemos entre manos. Muchas veces me sentí agotada e insegura. Por mi mente pasaron distintos escenarios, uno más terrible que el otro, y luego me invadió la culpa, una y otra vez en un ciclo interminable, en el que el día y la noche se traslaparon sin darme un respiro para notar la diferencia.

Mi bebé está bien, yo estoy bien, lo tengo todo y debería sentirme perfectamente entera. Pero yo –adulta en uso completo de mis capacidades, con todas las circunstancias a mi favor, durante muchas noches lloré en silencio y somaté el piso con los pies por la desesperación de sentirme sumergida en el cansancio, en la ropa y el pelo sucios de varios días, en el dolor físico, en lo difícil de la lactancia, en lo terrible de esta personita que desconocía por completo y que, para colmo, era perfecta. Y el ego que me hacía tan difícil rendirme y pedir ayuda o simplemente compañía, a pesar de tenerlas a mi disposición porque, claro, no hay que ser chambonas en esta vida.

Desde hace algunos días pienso en ti, que abandonaste a tu bebé.

Tal vez te arrepentís, o quizás no. Tal vez pasaste muchas noches en vela al mismo tiempo que yo, pero bajo un cielo completamente distinto. Tal vez en lugar de somatar el piso por cansancio, lo somatabas por desesperación y terror. Me pregunto cuántos años tenés. ¿13, 14? Tal vez sos una niña. ¿Sabés leer y escribir? Tal vez tu menstruación nunca llegó y de pronto ya estabas embarazada, sin siquiera terminar de entender cómo. Quizás nadie te explicó cómo se concibe un bebé y menos cómo se cuida.

Tal vez tenés alguna discapacidad intelectual, algún problema físico; tal vez un trastorno mental o emocional, una depresión posparto severa o una psicosis de la que nadie se dio cuenta, o para cuyo tratamiento no tuviste acceso. Tal vez eras invisible y pasaste desapercibida.

Tal vez simplemente no tenés nada de ti misma para darle. A veces yo siento que no me queda nada más que dar, y lo tengo todo.

Quizás creciste en un hogar sin amor, donde alguien te abandonó también a ti. Tal vez has llevado una vida de dolor, de violencia, de tristeza y de maltrato, y quizás no conocés otra manera de vivir. Tal vez tu maternidad fue forzada, tu bebé impuesto sobre ti sin que lo pidieras. Tal vez tuviste un embarazo inesperado y, a diferencia de quienes hemos estado en esa situación con todas las posibilidades a favor, tú no tenés absolutamente nada a tu disposición y por lo tanto, nada que ofrecer. Tal vez nadie alrededor si quiera se dio cuenta de lo que sucedía.

Amanda Yin

Me pregunto cómo habrá sido tu parto, quién estaba contigo, cómo te trataron. Me pregunto si alguien tomó tu mano entre el dolor, te miró a los ojos o siquiera te llamó por tu nombre en ese momento tan crucial en la historia de tu vida. Me pregunto si tu bebé fue recibido por manos respetuosas o por manos agotadas e impacientes.

Pienso en eso y me parte. Siento que se rompe algo dentro de mí. Quisiera saber cuánto tardaron en llevar a tu bebé contigo, cuántas veces tuviste que pedirlo y si alguien te acompañó en esos primeros momentos de la lactancia. Me pregunto si siquiera supiste cómo amamantar o si pasabas noches sin dormir pensando en maneras de poder comprar la fórmula o preparar los atoles que nadie te dijo que no necesitas. Pienso en tu frustración, en tu desapego, en tu miedo, en tu angustia… lo pienso y me cuesta respirar.

Si pariste en un hospital, quisiera saber cómo saliste de ahí, quién te acompañó a casa -si es que había una casa a la cual regresar. Quisiera saber quién te ayudó a cargar tus cosas, quién te preparó algo de comer. Me pregunto si tenías un lugar cómodo para descansar. Me pregunto si alguien te dijo que te ama, te dio un abrazo y te dijo que la angustia, el cansancio y el dolor son pasajeros. O quizás para ti simplemente no son pasajeros.

¿Quién te explicó todo lo que estaba pasando con tu cuerpo, con tus hormonas, con tus emociones? ¿Quién te dijo que todas hemos querido salir corriendo en algún momento o nos hemos preguntado asustadas, qué rechingados es esto? Quisiera saber si alguien te ayudó a vestirte o a sostener a tu bebé mientras ibas al baño. ¿Cuántos días y cuántas noches llevás sin dormir? ¿Quién se dio cuenta de que algo no iba bien con tu salud mental? ¿A quién le importó?

Seguramente recibiste pocas palabras de aliento y muchos reproches. Seguramente te dijeron que ahora debés aguantarte por haber tenido sexo. Por puta. Si fuiste valiente para abrir las piernas, ahora le hacés ganas. Seguramente desde el inicio te hicieron ver a tu bebé como un castigo. Seguramente tú lo ves así. Quizás pasaste todo sola y a escondidas por vergüenza o por miedo al rechazo de tu familia, porque para ellos un hijo es una desgracia o una carga. Tal vez te alejaste de ellos y nadie se dio cuenta.

Lamentablemente, ser mamá no siempre es lindo. Por eso pienso en ti, que abandonaste a tu bebé, con los ojos llenos de lágrimas por ese embarazo, por ese puerperio, por esa vida que viviste. Porque aún en los días difíciles en que he querido salir corriendo, yo he tenido todas las circunstancias a mi favor; tú quizás no has tenido ninguna. Ni siquiera un pañal para sostener el sangrado de tu posparto, ni soluciones para el dolor. Ni siquiera comida que te sustente o agua limpia para tomar. Ni siquiera alguien que se de cuenta de ti.

Nada.

Pienso en ti porque no debe ser fácil tomar una decisión así. No puede ser fácil, y me destroza que aún así sea tan común en este sistema que te aplasta, que te silencia, que te deja sin respirar; un sistema social, familiar, educativo y de salud tan deficientes y fallidos que te convierten en una simple estadística de mortalidad. Una manera de existir como producto de la violencia, de la negligencia, del desamor y de la soledad extrema de sociedades como la nuestra, que te dejan sintiéndote vacía, sin nada qué ofrecer. Es resultado de la falta de sostén, de la falta de recursos, de la falta de tribu. Sálvese quien pueda.

Savage Designs

Pienso en ti con dolor, sin reproches ni juicios, porque cualquiera de nosotras podría ser tú. Porque puedo asegurar que todas hemos sentido esa desesperación y angustia, ese cansancio, esa incertidumbre y ese dolor en soledad más de una vez. Porque los temas de salud mental no perdonan a ningún nivel socioeconómico y el abandono no siempre es físico -también existe el abandono emocional.

Lo entiendo perfectamente porque lo he visto en todas las mujeres que he recibido en mi clínica con una depresión puerperal, batallando durante meses con el sufrimiento de no enamorarse de inmediato de su bebé, de no saber qué hacer ni siquiera con ellas mismas, de no saber cómo salir de ese agujero de culpa en el que se ven sumergidas. Mujeres que la han pasado mal en sus embarazos, en sus partos o en sus puerperios, pero que han percibido el problema y cuentan con una tribu que se preocupa por ellas. Mujeres que han buscado y encontrado luz. Mujeres visibles.

Tú simplemente no supiste ver las alternativas ni la luz al final del túnel, o no las tuviste, o las buscaste y no las encontraste por ningún lado. Porque la realidad es que, para ti y para millones de guatemaltecas, esa luz simplemente no existe.

Natalia

(Imagen de portada – Jillian Tamaki)

Mamá de hijas y de plantas, apasionada de la maternidad con sus luces y sus sombras. Psicóloga clínica, doula certificada a nivel internacional y educadora perinatal. Malabarista de tiempos, creadora de espacios, tejedora de letras, acompañante de familias en gestación, parto y posparto.