Posparto, Ser Mamá en Guate
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HAGAMOS UN TRATO

Psssst. Sí, tú. Yo sé tu secreto, ese que creés que nadie sabe.

Yo sé que en las mañanas no te gusta que te mire. Tal vez un poco, cuando la noche anterior cenaste sólo un licuado de piña, pero igual hacés esa cara de decepción porque no te gusta cómo te quedó la panza sobre la cicatriz de tu cesárea, los pechos después de la lactancia, las nalgas (porque ningún lunes hay tiempo para empezar esa rutina de ejercicio), el pelo y la piel resecos del posparto, las cejas desastrosas o las ojeras porque, bueno, obvio por qué. Sé que hoy te levantaste con toda la intención de lavarte el pelo y hacerte una mascarilla, pero la vida se te atravesó en el camino y ya no lo lograste. Desodorante, un chongo, un poco de corrector, BB cream y rímel son ganancia. Sé que no te gusta que te mire.

Sé que cada vez que vas a salir pensás mil veces qué te vas a poner, tal vez desde el día anterior. A veces considerás no ir porque sentís que nada de lo que hay en el clóset te queda bien. Tu cuerpo está fuera de proporción, como en esos espejos de feria (y cada espejo de tu casa es común y corriente, sin efectos especiales). Sé que en las tiendas de ropa a veces escogés tanteado porque preferís ahorrarte el mal rato de probarte las cosas y que yo te mire dentro del cambiador. Sé también que ahora todo lo que comprás gira alrededor de la comodidad para dar de mamar, para portear, para agacharte, para sentarte en el suelo o para perseguir a tu bebé (bueno, al menos así quemás un par de calorías). Buscás lo cómodo porque vas con un bebé que está aprendiendo a comer y simplemente siempre hay babas o un poquito de vómito. Sé que toda tu ropa tiene al menos una mancha de leche o de frijoles.

Sé que ahora tus mejores aliados son los suéteres flojos, los flats, los tenis y la moda que regresó con los jeans de cintura alta (y decís en silencio, gracias Dios mío). Sé que a veces te enojás silenciosamente con el hombre porque él se tarda quince minutos en arreglarse, mientras tú te levantaste hace cuatro horas para el mismo fin, y aún así no te gusta para nada que yo te mire. Porque su cuerpo sigue siendo igual y tú te sentís como Patricio, el amigo de Bob Esponja, y no hay ropa que se ajuste bien a un cuerpo de estrella de mar ni tiempo que alcance para arreglarte el pelo como la gente cuando hay niños pequeños en la casa. Sé que te gustaba más cuando yo te miraba con el pelo largo y sé que te hace falta. Sé que te lo cortaste porque no quedaba más que darte por vencida en tratar de arreglártelo en menos de cuarenta y cinco minutos. No. Se. Puede.

Sé que has pospuesto la intimidad porque ahora no te gusta estar sin ropa. ¿Sin brasier? Jajajajajaja. Nel pastel. Aunque sepás que te ama y aunque te diga mil veces que sos la más linda del mundo, tampoco te gusta que él te mire y te tapás disimuladamente con la toalla cuando entra al baño por su cepillo de dientes.

Sé que ves las fotos de hace un par de años y extrañás esos días en que tenías todo el tiempo del mundo para dedicarte a ser coqueta y a lucirte en todos lados. Cuando bajabas esas libras de más al chilazo y sin esfuerzo. Sé que incluso ves las fotos de tus embarazos y recordás lo linda que te sentías aunque estabas gigante. Todo el mundo (incluyéndome) te decía ¡qué divina te ves! y no ¡te ves re cansada!

Sé que amás a tus hijas pero a veces envidiás a las amigas sin hijos o a las que ya dejaron el puerperio atrás porque tienen la misma libertad, el mismo cuerpo, el mismo pelo, la misma piel, el mismo tiempo disponible y la misma energía de siempre, y sé que sentís tristeza cuando las veo a ellas con ojos más amables que a ti. Imagino que no es fácil estar en tu lugar; ser esa que nunca está suficientemente bien y a la que todo el tiempo tratan de maquillar, apretar, jalar, tapar, esconder. Uy… qué difícil reflejar un cuerpo que ha dado tanta felicidad y luego ser tratada con tanto desamor. ¡Ah! Por eso no te gusta que te mire… Sí, tú, esa del espejo.

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“Muchacha frente al espejo”, Pablo Picasso

¿Te recordás de mis cambios de la pubertad? ¿De cuando me quitaron los frenos? ¿De la noche de mi graduación? ¿Del día de mi boda? ¿De mis embarazos? ¿De esa cosa tan maravillosa que ha sido la lactancia? En esos momentos fuiste protagonista y hasta te tomé millones de fotos. En esos momentos te miré por ratos largos y con mucho amor.

Te pido perdón porque a veces mi cansancio no me deja recordar todo lo lindo que me has dado. Esa grama que veo más verde en el jardín de mi vecina, a veces me hace olvidar que cada pedacito de ti me ha dado una alegría en algún momento de mi vida. Tú, que has estado ahí frente a mí todos los días de mi existencia, merecés más que nadie que te salude con una sonrisa todas las mañanas, que te cuide, te trate con respeto y te mire con cariño.

Hagamos un trato. A partir de hoy no vas a volver a sentir que no te quiero. Y no es sólo por ti; hay otra razón más importante. Quiero que mis hijas aprendan a verse a sí mismas con amor en el espejo, y que lo aprendan imitándome. Quiero que, en lugar de esconderse disimuladamente tras una toalla, sepan que todo es pasajero, que amen su cuerpo con todo y esas marcas que van dejando los años, la maternidad, la vida. Quiero que un día miren felices su imagen en espejo y le digan,

Qué linda sos. Gracias por todo.

Natalia
Psicóloga clínica / Doula
Embarazo, maternidad, lactancia, crianza 

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Esposa, mamá, psicóloga y doula. Estudiante eterna, apasionada la vida simple y de todo lo relacionado con la maternidad -con un poco de jardinería, libros, vino, boxeo y Seinfeld en la mezcla. Vivo, escribo y cocino sin recetas, buscando el equilibrio para ser feliz haciendo lo que puedo, con lo que tengo, donde estoy -la clave es nunca dejar de evolucionar.

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