Ser Mamá en Guate
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De Señora a Señora

A Marcela
porque la familia no se define
por la sangre,
sino por el amor.


“¿Por qué dedicar este post a su cuñada?”, pensarán muchos, y la respuesta es bastante simple. Ser mamá en Guate no es sólo tener hijos, sino hacer familia; y qué otra forma de celebrar la nueva adición a la nuestra, que haciendo lo que mejor sé hacer: sentarme a escribir. Tenía un speech pendiente, pero se me ocurrió algo más lindo. Así que… aquí va.

Señora. Así van a llamarte en unas cuantas semanas. Se siente raro, ¿verdad? Es algo que se ve tan lejano, tan de viejas, de mamás… de señoras. Recuerdo la primera vez que me llamaron así. Fue una patoja un par de años menor que yo (tenía 24 en ese entonces). Me chocó en la carretera mientras iba a mi trabajo; cuando me vio bajarme del carro con una panza gigante de ocho meses de embarazo, fue lo primero que le salió de la boca: ¡Ay, Señora, discúlpeme! Eso lo sentí más fuerte que el choque. Señora será su madre. Yo no era señora, según yo, porque no estaba casada ni era “vieja”. Con el tiempo me di cuenta de que ella tenía razón. Vaya si no era Señora, y quiero contarte un poco por qué.

Hoy siento raro verlos a ti y a mi hermano así, tan adultos, cuando hace tantos años que te conocí eran un par de patojitos. Yo también era muy joven en ese entonces, pero ya era señora. ¿Contradictorio, verdad? A ver. Tú ya dejaste la casa de tus papás durante un tiempo para ir a estudiar, para viajar, conocer, ampliar horizontes… pero seguías siendo señorita. Regresaste a Guate y seguías siendo la misma que antes de subir en ese avión de ida; seguramente con más de madurez y un mejor entendimiento de ciertas cosas, pero todavía esa de antes.

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Hoy estás casándote con mi hermano, ese ishto trompudo al que quiero con todo el corazón, con todo y sus particularidades que tal vez, a estas alturas, conocés mejor que yo. Siempre lo he admirado, a pesar de que es cinco años menor; siempre he sabido que es muy inteligente y que va a llegar muy lejos. Pero debo admitir que lo quiero y lo admiro aún más porque te trajo a nuestras vidas, y porque gran parte del carácter de una persona se define por la persona a quien elige para compartir el camino de su existencia. A mi hermano, tú le das un plus -un valor agregado. Lo impulsás a seguir subiendo a la rama más alta del árbol. Seguramente estaba bien antes de ti, pero está muchísimo mejor contigo. Todos estamos mejor contigo en nuestra familia por tu dulzura, tus detalles, tu inteligencia, tu integridad, tu sentido del humor.

Sé que mi deber de hermana es decirte que te llevás el premio mayor con mi hermano. Seguramente es así, pero también me corresponde recordarle que tiene en sus manos una joya, de esas de colores brillantes y difíciles de encontrar, y que debe cuidarte todos los días de su vida como su tesoro más valioso. Su señora.

Hoy te veo como la misma que conocí hace siete años, con esa vocecita particular y esa luz especial que brota de ti y que me hizo quererte exponencialmente más cada día, hasta convertirte más que en mi cuñada, en mi hermana. Tía de mis hijas, futura mamá de mis sobrinos (habrá un par de angelitos peleando allá arriba para decidir quién se queda contigo).

Estás iniciando el proceso de convertirte en señora. No es una transformación automática, un estado civil ni un momento específico. Como yo lo veo, Señora es una forma de vida, un estado mental, una forma de actuar. Es ternura, firmeza, compromiso, sabiduría y responsabilidad. Es la capacidad de partir tu corazón en mil piezas y que haya suficiente para todos los que confían y necesitan de ti. A mis 24 años yo no estaba casada, pero ya partía mi corazón y mi cabeza en dos. Ya era responsable de dos -vivía por dos. Hoy soy señora y vivo por cuatro. Ser señora es tomar la vida con sentido del humor, pero con la seriedad suficiente para saber que las cosas son distintas cuando tomamos la decisión de hacernos cargo de nuestra propia vida -o de compartir la vida con otra persona, no importa si son hijos, pareja o ambos. Cuando tu casa es tuya y no de tus papás; cuando otros cuentan contigo como cabeza de su hogar o acompañante de su vida.

Aún así, a ocho años de iniciar mi recorrido de Señora, no soy quién para decirte cómo vivir ni cómo llevar tu familia. No soy quién para aconsejarte ni darte la solución a las dificultades que podás encontrar en tu propio recorrido. No sé la fórmula, pero sí puedo compartir contigo un poco de lo que he aprendido en esta travesía:

  • A veces vas a llegar a tu casa, vas a respirar hondo y vas a sonreír con orgullo por lo que has logrado. Otras veces vas a llegar a tu casa, vas a respirar hondo y vas a llorar por algún fracaso. Y no importa. La vida está hecha de altos y bajos, y todos son igualmente importantes -y temporales. Siempre que tú y tu esposo vayan juntos en armonía, van a ir bien.
  •  Seguí tu intuición. Cuando hay amor, compromiso y responsabilidad, ese sexto sentido funciona casi a la perfección y no se equivoca. Esto es especialmente importante en la crianza de tus hijos.
  • No renunciés a tus sueños. Si los planes toman una nueva dirección, es sólo un cambio de forma, no de fondo.
  • Ser señora es sentirte satisfecha de las decisiones que has tomado, porque te han convertido en lo que sos hoy. Es llevar y transmitir con orgullo las virtudes de tu casa de la infancia, y forjar con ilusión las virtudes nuevas para las generaciones futuras. Es formar un hogar a donde tus hijos, más adelante, quieran regresar con sus propios hijos.
  • Lo más importante: ser señora no significa que estás sola. Buscá a tus papás y a tus hermanos cuantas veces sea necesario; que vivan en otra casa no significa que estén lejos. Buscá a tus amigas, a tu tribu. Está de más decirte que me busqués a mí si lo necesitás. Me cabe mucho entre los brazos.

Te aseguro que ser Señora no es cosa de viejas ni cosa de cobardes; es cosa de mujeres valientes que a veces, como en tu caso, eligen el compromiso de transitar un camino propio, pero compartido con la persona que las complementa.

En los momentos en que dudés de ti misma, o cuando te llenen las miles de alegrías que están por venir, espero que esta carta resuene en tu corazón con todo el amor detrás de cada palabra. Te deseo lo mejor en esta nueva etapa, la de Señora, porque sé que te vas a lucir en ella, como lo haces en cada aspecto de tu vida.

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Gracias por venir a quedarte para formar parte de nuestro mundo, por el amor que nos das y por hacernos tan fácil quererte de vuelta. Aprovecho para decirte que reconozco, agradezco y aprecio inmensamente cada cosa que has hecho por mí y por mis hijas; por incluirlas en tus planes, por hacerlas parte de tu familia sin obligación alguna. Después de tanto que has aportado a mi vida, hoy yo tengo el gusto de acompañarte a ti, ahora de señora a señora.

Te quiero.

Natalia

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Esposa, mamá, psicóloga y doula. Estudiante eterna, apasionada la vida simple y de todo lo relacionado con la maternidad -con un poco de jardinería, libros, vino, boxeo y Seinfeld en la mezcla. Vivo, escribo y cocino sin recetas, buscando el equilibrio para ser feliz haciendo lo que puedo, con lo que tengo, donde estoy -la clave es nunca dejar de evolucionar.

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