Embarazo, Me Contó un Pajarito, Ser Mamá en Guate
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Me contó un pajarito: lo conociste en un sueño

Esta es la historia de Maria y su bebé. Gracias, Maria, por compartir con nosotras este relato tan lleno de emociones, tan sincero y tan valiente. Se recomienda discreción y respeto al compartir o comentar.

No planeaba otro bebé. El sube-y-baja, los planes y los miedos, me limitaban para decidir lo que mi corazón tanto anhelaba. Su primer susurro llegó en un sueño, con ojos celestes, que en silencio me decía, ¡hola mama! Lo pude reconocer inmediatamente, lo sentí tan dentro mío y tan real; abrí los ojos más sorprendida que asustada, y recuerdo que me lleve una mano al vientre y la otra al corazón. Me palpitaba a mil por hora: ¡estoy embarazada!

Me dispuse a no creer del todo lo que había pasado. ¿Cómo le explico a mi esposo que sé que estoy embarazada por un sueño? ¿Cómo le explico que vi a nuestro bebe, y que es un niño? Por supuesto, guardé mis emociones, como muchas veces solemos hacer. Comenzaron a llegar las dudas y las preocupaciones. Decidí guardarlas también, pero sus ojos celestes no se iban de mi mente y, sin querer darme cuenta, comencé a desarrollar una relación con esta alma que adormitaba en mi vientre antes de saber a ciencia cierta su existencia.

Pronto, las señales físicas comenzaron a aparecer y los exámenes médicos confirmaron el mensaje. Escuchar los latidos de su corazón en aquella primera cita hizo que mi corazón creciera de tamaño. Cuando quedé embarazada de mi primera hija, no pude escuchar su latido en la primera cita. El mundo se me vino abajo porque ya estaba apegada a una vida que ni siquiera conocía. Pensar en vivir esta experiencia de nuevo me aplastaba el corazón… pero no fue así: me dejó escucharlo y lo vi chiquitito, moviéndose a sus cortas semanas de vida.

Mi esposo y yo dudamos de compartir la noticia, ya que el embarazo de Katia (nuestra hija mayor) se complicó y pensamos que quizá era mejor no decir nada sino hasta después de las doce semanas. Pero algo en mí me dijo lo contrario. Pasaron casi dos años de aquel embarazo y la vida me enseñó que, si las victorias se celebran, los retos también deben compartirse con quien uno ama.

Los miedos se transformaron en alegría instantáneamente. Ya planeábamos hasta cómo comenzaríamos con las compras y con la preparación para la llegada de nuestro nuevo bebé. Con los días, otro sueño llegó. Esta vez los ojos celestes estaban tristes, y pronto me llevaron a una especie de visualización en mi vientre. Sentía desesperación, angustia, lucha… pero no era mía. Podía sentir que algo no estaba bien. Mi bebé estaba triste, estaba luchando contra algo y no lograba comprender qué era.

Fui a mi mat de yoga, ese espacio que reconozco como sagrado y de paz desde hace ya tantos años. El silencio de las madrugadas me sienta bien. No podía volver a dormir sabiendo que mi bebé no se sentía bien. Me recosté y traté solamente de sentir lo que me quería decir mi cuerpo y su alma. Le hablé, tal como calmo a mi hija cuando no puede dormir.

Regresé a mi cama luego de estar un tiempo en silencio y, a la mañana siguiente, al levantarme reconocí una gota que salió de mi cuerpo. Ya lo había vivido antes. Confirmaba la lucha de mi bebé que en sueños clamaba por mi consuelo. Pero había algo distinto esta vez. Con el mismo dolor de corazón, reconocí ese color que una mujer embarazada nunca quiere ver. Llamé a mi doctor de inmediato y le expliqué lo que había pasado. Antes de salir, regresé a mi lugar sagrado, respiré profundo y me conecté con ese espacio de paz. Pedí fuerzas para luchar si era necesario y para aceptar lo que la vida tenía que ofrecernos.

La pruebas mostraban una baja en la progesterona, así que me mandaron un incremento hormonal con chequeos constantes. El sangrado se detuvo y la progesterona comenzó a subir de nivel. De pronto, me encontraba rezando en mi subconsciente, pidiendo que no me arrebataran la vida de mi bebé, que lo dejaran venir al mundo. Que yo lo quería. Somos madres. Es nuestra naturaleza luchar por nuestras crías desde el primer día de sus vidas.

De repente, noté mi pensamiento: ¡es que yo lo quiero! y me di cuenta de que no estaba respetando la decisión de mi bebé, de seguir luchando o descansar. Acepté mi dolor de madre. Acepté mi dolor y mi apego. Es mi naturaleza humana, pero el yoga me ha enseñado que necesito dejar ser lo que tenga que ser, y aceptar lo que la vida me ofrezca. Así que recogí mis emociones y recordé que mi función era sostener a esa vida el tiempo que tuviera que estar aquí. Sería su madre por el tiempo posible, y lo acompañaría en su lucha, pero también lo respetaría si su tiempo conmigo era corto. Así que elegí mejor las frases de mis oraciones y comencé a dar mensajes solamente de amor. Cada paso era como mecerlo, como arrullarlo. La lucha duró quizá una semana mas. Mi doctor fue muy positivo todo el tiempo y luchó por la vida de ese bebé. Los exámenes de sangre mostraban de nuevo una baja hormonal. Desde adentro sentía cómo la lucha cesaba.

Recuerdo que fue un fin de semana cuando, por la mañana, acostada en mi cama los dolores acrecentaban. Luego de un parto natural sin anestesia, reconocía perfectamente cada retorcijón. Una vez más, mi lucha de madre se aferraba a la vida y no quería reconocer lo que estaba sucediendo, aunque en el fondo lo sabía. Luché en silencio, con mi esposo y mi hija al lado. Recuerdo que ese día mi hija me llevaba los juguetes y cuentos a la cama pero yo no quería levantarme. No quería ni tomar agua para no ir al baño. Nos cuidaron y consintieron a los dos. Hablé con mi doctor varias veces, ya que él aún no había desistido. Yo le explicaba que mi cuerpo tenía otros mensajes, que el dolor era fuerte y rítmico. Yo seguiría luchando.

Mis papás llegaron a la casa. Me sentía acompañada, como cuando Katia vino al mundo. Recuerdo que mi papá me sirvió media copa de vino y me dijo, no te puede hacer mal; o te relaja y nada le va a pasar al bebé por media copa, o te ayuda a no sentir tanto dolor. Como mi cuerpo sabía perfectamente lo que estaba pasando, mi lucha por aferrarme a controlarlo no dejaba que el proceso concluyera. El alma de mi bebé ya se había ido, podía sentirlo. Tomé un par de tragos de la copa. Conversé con mi familia y mi hija fue parte en todo momento. Me sentía amada, sostenida y agradecida.

Me siento lista. Me levanté y me fui a mi cuarto. Cerré los ojos y respiré profundo. El proceso final comenzó; los dolores incrementaron, en el cuerpo y en el corazón. No es lo mismo saberlo que verlo. Mi mamá fue un elemento importante en la sanación de mi pérdida. Cuidó de mi cuerpo como si hubiese sido un parto.

Mi esposo me sostuvo con amor las semanas siguientes, cuando lloraba a mitad de la noche. Con todo y que acepté el proceso, que viví la pérdida literalmente como un parto y que algo tan doloroso fue tan mágico al mismo tiempo, sanar su partida tomó varios meses, quizá un tanto más. La gente te dice, es normal, igual si tenía menos de tres meses no era bebé, ni siquiera estaba vivo. Frases que lastiman al fondo del corazón. Yo sé lo que viví y esta experiencia, esta conexión con mi cuerpo y con este bebé que trajo varios mensajes a mi vida fue mágico. El principal mensaje era compartir con más mujeres.

Somos mamás desde el primer día que hay vida en nuestro vientre, por corta que sea. Nuestro cuerpo pasa por un proceso hormonal, físico y energético de un embarazo completo.

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Pronto regresé a mi práctica de yoga. Me fui a mi primer viaje a India, creyendo que ya había sanado este dolor, pero la magia de las posturas del yoga nos mueven todo… toda la energía, los bloqueos… ¡todo! Y siguió saliendo y aflorando lo que necesitaba escuchar, comprender y aceptar. Aunque comprendí su partida y la respeté, tenía derecho de llorar, de apegarme a su vida. Me prometí no guardar estas emociones porque, si yo lo viví así de fuerte, seguro habían más mujeres pasando por este proceso, y no era justo que sufrieran en silencio. Peor aún, que no se dieran el permiso de sentir dolor porque la sociedad no lo ve como como una pérdida real. El dolor es real, eso puedo asegurarlo.

Mi práctica de yoga me ha acompañado en todo proceso. Se ha convertido en mi espacio de sanación, de preparación, de autoestudio, de evolución como mujer, como persona. Pienso que debo gran parte de mi aceptación al trabajo que he hecho en el yoga. Hace unos años habría sufrido con otro tipo de dolor, quizá sin aceptación, con reclamo. Hoy, gracias a esta práctica, he aprendido a manejar el dolor. No es que no lo sienta, pero me ha ensenado a respirar y a observarme, a vivir el dolor desde otro enfoque. A purificarme a través del dolor en lugar de victimizarme.

Este, por supuesto, es mi lado de la historia. Toda familia que ha pasado por estas pérdidas las vive de diferente forma, y las mujeres lo vivimos de diferente manera que los hombres, pero ellos también atraviesan este proceso. Yo sólo hablo de lo que yo sentí. Mi naturaleza es de compartir todo el torrente de emociones. Si me tocó vivirlo, que al menos sirva para que otras mujeres sepan que está bien llorar y sentir dolor. Pero sobre todo, que sepan que esto también pasará.

Con amor,

Maria.

2 Comments

  1. Cristina Sánchez says

    Me encantó! Tan puro y desde el corazón, las mamás entendemos ese apego y ese dolor. Gracias María por dar ese consuelo a quienes están atravesando por ese proceso.

  2. Paula says

    Qué lindo! Se me salen las lagrimitas al recordar mi experiencia y pensar en las de mis amigas, algo que nos pasa a muchas y nunca se olvida.

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