Maternidad y Crianza, Ser Mamá en Guate
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Si te preguntás por qué no he llamado

Cada año me quiebro la cabeza pensando en un regalo para ti. Nunca sé qué comprar ni dónde, porque no puedo pensar en algo que simbolice exactamente lo que quiero decirte; tal vez es porque yo no encuentro regalo que puedan darme que represente lo que hago todos los días por mis hijas. Simplemente no existe tal cosa. Todavía pensé en ir hoy a buscar algo…

Después se me iluminó la bombilla. Lo que sí puedo darte, porque tengo la seguridad de que va a transmitir todo lo que quiero -más que unas flores o un perfume- es esta carta. Y lo sé, porque creo que es lo más cercano a esas obras de arte con las huellitas de mis manos que recibías cada 10 de mayo; porque yo ahora recibo las de mis hijas y conozco el sentimiento. Sé que te gusta cómo escribo, tal vez porque tú me enseñaste a escribir, y por eso decidí regalarte esto. Podés imprimirla y ponerla en la refri con un imán o guardarla en “papel de china”. Si te preguntás por qué no te he llamado a estas alturas del día, es porque estaba ocupada escribiendo, y ya sabés que no puedo pensar en nada más cuando estoy sentada en la computadora. Menos, si estoy escribiendo esto.

Mientras buscaba alguna foto para acompañar esta carta, pensaba muchas cosas. Sobre todo, pensaba que eras apenas una bebé cuando yo nací. Tenías todavía carita de niña… tan así, que en algunas fotos percibo ese sentimiento de no saber qué fregados estabas haciendo, igual que lo tuve yo y probablemente tu mamá y su mamá también. Pensaba que antes, cuando veía mis fotos de bebé, me veía a mí. Ahora te veo a ti.

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No puedo comprender cómo a tus dieciocho años lograste manejar semejante tarea. Sé que no fue fácil, que tenías a tu mamá lejos, que pasaron muchas cosas complicadas en ese par de años, pero entre la adversidad y los ratos colorados, lo hiciste bien.

No entiendo cómo a mi edad, ya tenías una hija de quince años y no enloqueciste. Sé que no fui fácil y me admira la sabiduría y la madurez con que fuiste la mamá que yo necesitaba. Recuerdo que un día, entre lloriqueos de algún regaño, te dije si fueras buena mamá, serías mi amiga. Tu respuesta nunca se me borró de la cabeza: me dijiste, yo nunca voy a ser tu amiga. Yo tengo suficientes amigas de mi edad, y tú tenés amigas de tu edad. Mi papel es ser tu mamá. Yo veía en la tele que las niñas decían siempre, mi mamá es mi mejor amiga. ¿Por qué yo no podía tener eso? Ahora lo recuerdo, y me asombra lo genial que fuiste.

Yo era la mamá perfecta -hasta que tuve hijos. Tenía muchas ideas equivocadas de la maternidad y de la crianza. Creía que era mejor ser cool, más amiga que mamá. Me imaginaba resolviendo todo para que mis hijas nunca se sintieran aburridas, corregidas ni limitadas. Con todo a su disposición para estar “completas”. Gracias Mama, por no ser mi amiga. Gracias por ser un referente sólido, un modelo a seguir, un puerto seguro. Gracias porque siempre me diste las alas que necesité; alas de plumas macizas, no de cera. Me enseñaste a no ser arrogante, a no olvidar que existe la tierra para poner los pies bien firmes sobre ella -por muy alto que esté volando- para no quemarme con el sol. Gracias por darme las raíces para saber que siempre puedo regresar, y más importante, para querer regresar. Gracias por decirme siempre la verdad, por ser mi reality check, y también por la tierra de hadas que hiciste de nuestra casa mientras crecimos, porque te encantaba regresar a ser niña con nosotros para vernos felices. No digamos ahora con mis hijas; tu casa es el paraíso. Me fascina verte ser abuela, porque de alguna forma me regresa a mi infancia contigo.

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Por cliché que suene, has estado ahí en todos los momentos importantes de mi vida, viviéndolos de cerca, disfrutando mi felicidad y compartiendo mis tristezas. Cuando he sentido que el mundo me da la espalda, cuando me he sentido en el centro del chisme o en medio de la tormenta, has sido mi puerto seguro. Siempre me has hecho sentir que estás orgullosa de mí, con todo y mis decisiones equivocadas. Y cuando he sido más feliz, esa felicidad es más grande porque tengo la dicha de compartirla contigo, porque celebrás cada uno de mis logros con la misma efusividad que mis clausuras de chiquita. Veo en tu cara el mismo sentimiento, la misma alegría, el mismo amor sin importar el paso de los años.

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Ahora que yo estoy en este lugar donde a veces es tan difícil sentir que estoy haciendo bien las cosas, sólo puedo decir gracias porque, aunque sé que no fue fácil (vaya si ahora lo sé), siempre sostuviste tu lugar con más madurez y sabiduría de la que te correspondía a tu edad. Gracias Mama, porque hoy, en gran parte gracias a ti, siento que estoy haciéndolo bien.

Te amo Mama, feliz Día de la Madre.

Natalia

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