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Cómo lidiar con los berrinches (y no precisamente los de mi hijo)

Cuento esto  tratando de no rascar cicatrices que ya casi desaparecieron, pero como platicamos hace poco con Majo Enríquez, el trabajo en uno mismo jamás termina; la maternidad nos viene a revolver no solo las hormonas, sino a veces situaciones que nosotras mismas vivimos mientras crecíamos.  Lidiar con los berrinches de Fabián me ha hecho reaccionar de formas que pensé que ya había superado.

Tiendo a ser una persona impulsiva, con los sentimientos a flor de piel; muchas veces las emociones me nublan la mente y termino haciendo cosas que, pensando en retrospectiva, no debí haber hecho o dicho.  Mi mejor metáfora para esto me la dio una terapeuta que me ayudó en momentos muy difíciles:  las emociones son como un elefante, y nuestro razonamiento es un jinete que, aunque tiene todas las herramientas para guiar al elefante, si pierde el control, básicamente está a merced de un animal con una fuerza incontenible y ni siquiera se puede bajar sin arriesgarse a que, como decimos en Guate, el elefante le dé una buena arrastrada.  El secreto está en la sintonía entre el jinete y el elefante.  Más fácil decirlo que hacerlo y sí, muchas veces mis emociones me dan una mi buena arrastrada.

Regresando a los berrinches, quienes ya han vivido esta etapa, sabrán de lo que estoy hablando.  Ese regalito del cielo se transforma en un gremlin de los que ya comieron después de media noche y no hay forma de razonar con él, pega de gritos, se tira al suelo, y no hay poder humano para calmarlo.  Y bueno, siempre buscamos enseñar una lección, ¿verdad?  Si le está explotando la cabeza al niño porque le quitamos los fósforos, pues no podemos regresarle los fósforos para calmarlo porque tiene que aprender que no son juguete.  Es un juego mental entre lo que “debemos” hacer y lo que “queremos” hacer, con el estrés añadido de un niño pegando de alaridos y, a veces, espectadores.

No les voy a transcribir todo lo que he leído para aprender a lidiar con estas situaciones, pero les cuento lo que me ha servido a mí, a ambos, y cómo siento que estas situaciones me me están ayudando a la vez a controlar a mi elefante:

  • Mantener bajo el tono de voz.  Mientras más grita él, más suave hablo yo.  Suena contradictorio, pero incluso tiene un efecto calmante en mí.  Aunque sienta que tengo toda la sangre en la cara, mantener mi tono de voz bajo me ayuda incluso a limpiar un poco la mente y enfocarme en la situación que tengo a mano.
  • Agacharme a un nivel que pueda verlo a los ojos (o intentar, tampoco me voy a tirar al suelo).  Esto me ha ayudado a enfocarme en él, a ignorar a las personas que están alrededor, que regularmente ha sido mi esposo, viéndome sin saber cómo ayudar (y que me enoja más, ¿o no?).
  • Obviamente, razonar con él en ese momento es difícil, así que solamente le repito “calma, mi amor, calma” e intento explicarle la situación. Repito esto una y otra vez, más para recordarme a mí misma de lo que está pasando y lo que quiero que Fabián aprenda o la situación con la que quiero que aprenda a lidiar. Sí, parece ser como un mantra ahora que lo pienso, porque incluso en situaciones ajenas a él he empezado a repetirme a mí misma “calma, mi amor, calma.”
  • Cuando logro que se calme o que se canse, lo que pase primero, lo abrazo y le recuerdo cuánto lo amo, que ya aprenderemos juntos a lidiar con las situaciones.

Muchas veces cuando el episodio termina, estoy sudando, despeinada y con el maquillaje corrido, pero ambos terminamos abrazados.

Quisiera decirles que he mantenido la calma todas las veces, pero como mamás sabemos que me las estaría llevando de Mamá Perfecta (que no existe) y no pretendo babosearlas.  Sin embargo, lo que he aprendido es que si enfrento no sólo los berrinches, sino también las situaciones que me desbalancean emocionalmente de esta forma, logro tener un resultado más positivo y logro esa sincronía con mi elefante. Y si no lo logro, pues igual me doy mi abracito a mí misma y me recuerdo que siempre habrá una próxima vez en que pueda mejorar y que mi elefante no me dé una mi arrastrada.

– Edith

 

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