Ser Mamá en Guate
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Radiografía de ocho años

A Valeria,
en su octava vuelta al sol.

Para mí, cada 6 de junio es el punto de partida de una nueva cuenta regresiva. Trato de hacer un recuento de lo que pasa cada año, de los cambios, las experiencias, las cosas que logras -que logramos, porque vamos aprendiendo juntas. Pensando en eso, hace unos días recordé que en tu álbum de bebé te escribí una carta el día que regresábamos a casa del hospital.

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No te miento, tuve miedo de leerla; no sabía qué tanto esperaba de la maternidad a mis 24 años y me dio miedo enfrentar mi ingenuidad (y mis habilidades líricas porque en ese entonces no escribía más que sobre cosas académicas). Tal vez no quería enfrentar esos ideales míos a los que me aferré aún a tus dos, tres, cuatro años, y que poco a poco he ido soltando porque ahora sé que todos esos “yo nunca”, “yo siempre”, “tú nunca”, “tú siempre”, no son más que puñados de nubes. Si algo me has enseñado, mi amor, es que los planes no están escritos en piedra, sino más bien en burbujas de aire; cualquier soplo puede hacerlos cambiar de dirección.

Qué bueno que leí esa carta. Qué bueno que la leíste conmigo. Es una radiografía de lo que ha sido nuestra vida hasta hoy, y cada año la escribo otra vez en mi mente porque volvemos a iniciar otra aventura, y yo vuelvo a comprometerme contigo desde otro lugar, desde donde me lo exige ser mamá de una niña de tu edad. Pensándolo bien, esa carta fue el punto inicial de Ser Mamá en Guate; fue la primera de muchas que te he escrito y que estoy por escribir, no sólo como recuerdo de un momento en el tiempo, sino como contrato escrito de la coherencia que quiero en mi vida junto a ti. Tú, mi cielo, sos el punto de anclaje del mejor capítulo de mi existencia. Sos ese gancho donde anudo los hilos de mi historia, a partir de donde me convertí en mejor mujer.

Sentí una mezcla de ternura y compasión por la mamá que yo era ese día y que escribió esa carta con tantas ilusiones, con pureza en el corazón, con propósitos claros en el momento más frágil de su maternidad, con tantos temores e incertidumbre por delante. Sentí amor por la mamá que yo era entonces y me alegra saber que, con el paso de estos ocho años he aprendido a dejar ir las culpas, a asimilar mis errores, a proyectarme hacia el futuro porque en esa radiografía hay tantas fisuras (muchas de las que sólo sabemos tú y yo), pero también hay alegrías infinitas, hay suturas finas, resiliencia, salud, ganas genuinas de seguir. Cuando escribí “gracias por darme la bendición de ser mamá”, estoy segura de que no dimensionaba la extensión de esa dicha.

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Gracias por estos ocho años, por el privilegio de ser tu mamá, de verte crecer y de crecer contigo. Gracias porque decidiste dejar tu lugar en el cielo, quitarte tus alitas y elegirme a mí de entre todas las mamás para bajar a hacer una vida juntas. Gracias por la felicidad que siempre hay en tu carita al abrazarme, por las carcajadas sinceras que me provocás con tus ocurrencias y por la ternura con que parecieras entender mis locuras. Gracias por ser la muestra más pura del amor, porque me amás genuinamente con mis virtudes, con mis defectos, con mi inexperiencia, mis logros y mis fracasos; por ser mi mayor porrista y mi más dura prueba de realidad. Gracias por conectarme con mi propia mamá y con todas las mamás.

Gracias, mi vida, por otro cumpleaños juntas, por otro aniversario del día en que volví a nacer.

Te amo para siempre,

Mami

(Natalia)

 

 

 

 

 

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Esposa, mamá, psicóloga y doula. Estudiante eterna, apasionada la vida simple y de todo lo relacionado con la maternidad -con un poco de jardinería, libros, vino, boxeo y Seinfeld en la mezcla. Vivo, escribo y cocino sin recetas, buscando el equilibrio para ser feliz haciendo lo que puedo, con lo que tengo, donde estoy -la clave es nunca dejar de evolucionar.

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