Lifestyle, Ser Mamá en Guate
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El Perro Negro

Este post ha estado en mi cabeza por muchísimo tiempo; discutí por meses con Natalia acerca de escribirlo o no, luego por fin me animé a escribirlo y ha pasado ya varias semanas entre los borradores–con 35 revisiones.  Lo que les voy a contar me hace sentir muy vulnerable, he pensado una y otra vez si publicarlo o no, pero con una sola persona que se sienta identificada y le motive a buscar ayuda, me sentiré satisfecha de haberlo compartido.

Todas hemos sentido ansiedad en algún momento. La ansiedad es un mecanismo de defensa que en tiempos ancestrales cumplía la función de mantenernos alerta ante una amenaza inminente; básicamente si nuestros ancestros que vivían en la jungla se relajaban mucho, pues un animal se comía a sus hijos o peor aún, a sus hijos y a ellos; es la que nos prepara para huir o pelear.  Es normal que sintamos ansiedad en situaciones de vulnerabilidad, como hablar en público; nos estamos exponiendo, ya no a que un animal nos coma, sino algo más civilizado, tal vez a ese temido ridículo, a meter las patas. Ya no nos come un animal salvaje, pero nos comemos unos a otros de forma más figurativa.

El problema comienza cuando empezamos a tener esa sensación vaga pero persistente de peligro, que no sabemos de dónde viene y que nos paraliza, que nos hace pensar y repensar y volver a pensar las cosas; que nos paraliza con miedo y tomar una decisión, por muy pequeña que sea, nos es prácticamente imposible y cuando por fin la tomamos, pensamos que todo va a salir mal y vamos a morir en la calle y sin amigos. ¡Y la vida está llena de decisiones, no podemos pasar por esta tortura una y otra vez!

Mi vida fue así por un tiempo, pero simplemente pensé (racionalicé) que no había por qué ser tan exagerada y simplemente continué; con muchísima dificultad, pero seguí. Sentía que estaba atorada en el lodo, lodo pegajoso que no me dejaba avanzar, pero seguí; lodo que llegó el punto en que estaba sumergida hasta el cuello, pero seguí. Hasta que un día no pude más y me desmoroné. Estoy segura de que por eso me costaba tanto conseguir un trabajo que me gustara, que por eso me decepcioné tan rápido de lo que estudié en la universidad y ni siquiera intenté ejercerlo y otro montón de cosas que le achaqué a la situación tan precaria en la que estaba viviendo (porque sí estaba viviendo un momento difícil). En fin, no es para sacar el violín y contarles los pormenores de mi vida, pero creo que todos tenemos ESA situación crítica que de alguna forma nos marca y a algunos los hace ser mejores y a otros los hunde.

Busqué ayuda muy tarde, ahora que lo veo en retrospectiva, así que el diagnóstico ya no fue ansiedad generalizada, sino depresión. Qué horror, qué vergüenza. Pocas personas lo supieron y menos aún supieron que tuve que tomar medicamento. El medicamento me hizo efecto pronto e irresponsablemente dejé de ir a terapia. Creo que jamás la tomé en serio (espero que mi psicóloga de ese entonces no me lea, pero si sí… perdón, me arrepiento miles) y me quité el medicamento a rajatabla. Logré funcionar por bastante tiempo, ahora que lo pienso, pero siempre me perseguía esa nubecita de ansiedad.

La vida da vueltas y las carretas se me trabaron otra vez, pero así es esto; nadie vive entre unicornios y confetti todos los días. Sin embargo, quienes tienen un poco más de equilibrio emocional desarrollan las destrezas necesarias para superar las dificultades y esa es una de las cualidades más maravillosas del ser humano: su resiliencia (se oye espantoso en español, pero no hay otra palabra, la busqué). Esa vez fue más severo y necesité más medicamentos y más tiempo de terapia, que ustedes creerían que me tomé más en serio. PERO NO. Me da vergüenza decirlo, pero en cuanto me sentí mejor y cumplí con el tiempo mínimo que hay que tomar estos medicamentos, simplemente dejé de ir. Y me volvió a dar. En el peor momento posible. Esta vez fui más consistente con mi terapia, y me tomé mis medicamentos por el tiempo que recomendó mi doctor.

Les cuento todo esto porque cada vez me doy cuenta de cuántas personas viven así y viven con vergüenza de contarlo. No es como que vamos a ir por la calle presentándonos “¡Hola! Soy Edith y he padecido de depresión y ansiedad, mucho gusto.” Estoy segura que de haber sido honesta con más personas en ese entonces, habría aumentado mi red de soporte, más de alguien de las personas en quien confío me hubiera dado un reality check  y hubiera necesitado menos episodios difíciles para hacer lo que terminé haciendo: un compromiso conmigo misma a sentirme mejor, a comprometerme con mi terapia y encontrar qué es lo que hay que arreglar y arreglarlo. Los medicamentos, en mi caso, fueron una muleta que me dio soporte para poder funcionar mientras me levantaba y me limpiaba la tierra de las rodillas. Esta condición no me define, no es quien soy, es simplemente eso:  una condición, como ser alérgico a los camarones o tener acné.

A mí me ayudó mucho buscar gente que admiraba que batalló con la depresión y que logró realizarse a pesar de ella, y de ahí el título del post. Winston Churchill padeció de depresión toda su vida (aparte de admirarlo como jefe de estado, amo su sentido tan ácido del humor) y le llamaba Black Dog.

Estos episodios me han hecho crecer, conocerme mejor. Claro que preferiría no haberlos pasado jamás, pero hay que verle el lado amable, dijera el Chavo del Ocho. He aprendido cuáles son mis detonantes, he aprendido a identificar cuando algo me carga más de la cuenta, he aprendido a decir que no y a evitar personas que me drenan, he aprendido que la vida de los demás no se desmorona si yo no estoy ahí, he aprendido a vivir en el presente y a hacer las paces con mi pasado. Y más que nada, he aprendido que hacer todo esto me hace una persona más completa, una mujer que ha pasado por el fuego y ha sobrevivido. He aprendido que todas estas situaciones me preparan para ser una mejor mujer, amiga, hija, esposa y madre. No todos los días son buenos, pero todos los días se aprende algo. ¿Y cómo voy a sentir vergüenza de haber llegado a estas conclusiones?

El estigma de la enfermedad mental castiga mucho a quien la padece.  Yo me moría de pensar que me iban a ver con lástima o peor aún, que fueran a decir “esta pobre loca,” pero la verdad es que cuando por fin junté valor para contárselo a mis amigas cercanas, lejos de recibir esa reacción que tanto temí, recibí muchísimo apoyo.  Aprendí que muchas veces solamente contar que me sentía mal y escuchar un “te entiendo” de vuelta, me hacía sentir mejor.  Hay días en que todo parece demasiado, días en que estoy más sensible de lo normal y todo me lastima, días en que levantarme de la cama es difícil, pero he aprendido que solamente es eso:  un mal día.

Antes pensaba que mi esposo no se merecía una esposa deprimida; también pensé que mi hijo no se merecía una mamá deprimida, pero la verdad es que YO no me merezco vivir deprimida si puedo hacer algo al respecto. Y como me dijo Natalia en un momento, no todo lo que me pasa es culpa mía ni está bajo mi control, esta condición es algo que a veces sólo ES; lo que sí está bajo mi control es hacer algo al respecto y comprometerme con mi bienestar.

Como escribí al inicio del post, con una sola persona que lea esto y le motive a buscar ayuda, me doy por satisfecha y habrá valido la pena compartirlo.  Si sentís que llevás el peso del mundo a cuestas, tenés dificultad para llevar tu vida diaria, te cuesta concentrarte y cualquier cosa que te pasa te arrastra en una espiral de dudas, culpa y tristeza, NO ESTAS SOLA.  Buscá ayuda y recuperá tu vida, porque te lo debés a vos misma.

Desde el fondo de mi corazón,

Edith 

Imagen de Lucy Campbell 

6 Comments

  1. Rebeca Rodas says

    Si, es feo sentir que no se tiene con quien hablar, y sentir que uno se hunde lentamente. Gracias a Dios no me hundí tanto y El ha sido mi fuerza. Pop otro lado el camino de regreso comenzó cuando decidí amarme y aceptarme tal cual soy, aún con mía defectos por que me hacen ser única. Mi hija mi motor para aprender a amarme por que de ese amor ella aprenderá a amarse mucho más y a establecer límites. Gracias por compartirlo, un abrazo.

  2. alguien sabe a quién debo acudir con quien buscó ayuda o a quien le pido esos medicamentos o cuales son esos medicamentos

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