Ser Mamá en Guate
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El día que me gritaste en la calle

El día que me gritaste en la calle
mi hija caminaba de mi mano
y no te importó.
Ella iba conmigo y tú
me silbaste como a un perro,
sonaste tu lengua asquerosa,
te lamiste los colmillos.

El día que me gritaste en la calle
mi hija caminaba de mi mano.
Por miedo me callé, me aguanté,
empuñé mi alma y mordí mis labios.

Me humillaste, me enfureciste,
me robaste el resguardo y la dignidad.
Se transformó mi cara,
se destrabaron mis rodillas.
La cuadra se hizo eterna,
la más larga que caminé en la vida.

Por miedo apreté su manita,
aceleré mi paso.
El día que me gritaste en la calle
no la sentí segura conmigo.
La sentí en peligro aún a mi lado.

El día que me gritaste en la calle
nos sentí acechadas, ridiculizadas,
humilladas, indefensas
porque todos vieron y nadie hizo nada.

Tus compinches se reían,
se saboreaban
como animales hambrientos,
como monstruos sedientos,
dueños de la cuadra,
dueños de mi cuerpo.

El día que me gritaste en la calle
sentí tus palabras punzantes
y mi espíritu roto.
Ese día te odié y me odié
porque esos ojitos me vieron huir,
me vieron cobarde.

Al carajo los cuentos de princesas.
Al carajo los príncipes.
Al carajo la inocencia.

En la calle hay lobos, serpientes infelices
con boca de veneno,
dientes de cuchillo
y ojos de demonio.

Tan jodida está la cosa
que aunque seás un don nadie
inofensivo desde lejos,
sentí que te debía
el permiso de humillarme
para que perdonaras mi vida.

Tan jodida está la cosa
que pudiste lastimarme sin tocarme,
sin ponerme una mano encima.

Traté de hablarle de otra cosa,
de hacerme la indiferente,
de contarle sobre mi día,
de ahogar tus sandeces con otras historias
para no pensar en Micaela, en María José,
en Mariana y en Lucía.

En todas las que no tuvieron la suerte
(suerte la mía) de un acoso de palabras.
En todas las que no pudieron
acelerar el paso,
ahogar tus sandeces,
mirarte desde lejos
y finalmente no verte.

El día que me gritaste en la calle
llevaba a mi hija de la mano,
el estómago revuelto,
el alma en la garganta.

No quiero vivir con miedo,
caminar en mis calles con miedo,
criar niñas con miedo.

No quiero ser objeto de tu burla,
ser nada más que un cuerpo.

Quiero ser persona en paz,
ir con mis hijas de la mano,
pasar y saludarte sonriente
sin que te creás en el derecho
de decirme obscenidades,
de tocarme, de violarme,
de matarme.

Ni ellas ni yo necesitamos
sentir que tenemos la culpa,
que estamos haciendo algo mal,
que lo merecemos.
Nadie merece ser un número,
un hashtag, un objeto,
un #NiUnaMenos.

Natalia de Biegler

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Esposa, mamá, psicóloga y doula. Estudiante eterna, apasionada la vida simple y de todo lo relacionado con la maternidad -con un poco de jardinería, libros, vino, boxeo y Seinfeld en la mezcla. Vivo, escribo y cocino sin recetas, buscando el equilibrio para ser feliz haciendo lo que puedo, con lo que tengo, donde estoy -la clave es nunca dejar de evolucionar.

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