Maternidad y Crianza, Ser Mamá en Guate
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RELOJ, NO MARQUES LAS HORAS

La semana pasada, mi esposo tuvo un evento de trabajo por la noche y yo terminé la rutina de noche con Fabián.  En un día cualquiera, cuando él llega a la casa, entrego la estafeta y él lo baña, le da la última pacha del día y lo acuesta, mientras yo termino la cena para nosotros dos. Sin embargo, llevamos ya varias semanas que no quiere dormirse solo, cosa que había hecho desde que tiene siete semanas de nacido.  No, nunca lo dejamos llorar, solamente fue suerte y genética:  si dormir fuera deporte olímpico, yo me podría fácilmente llevar la medalla de oro, así que quiero pensar que lo heredó de mí.

En fin, esa noche le di su cena, lo bañé, le puse su pijama, bajé la intensidad de la luz y me dispuse a sentarme con él en la mecedora para darle su pacha.  Pesa 30 lb ya y mide 87 cm, osea, ya no cabe en mi regazo, pero me encanta tenerlo así y es un momento que me lleva a recordar con cariño esas maratones de lactancia de los primeros meses, que probablemente en ese momento jamás se me cruzó por la mente que las iba a recordar con cariño.  Lo senté sobre mis piernas, le ofrecí la pacha e intenté acostarlo sobre mi brazo.  “No mami, en la camita.”  CASI. ME. MUERO.  Con lágrimas en los ojos, lo acosté en su camita, le di un beso y me senté en la mecedora a esperar que se durmiera (esa ha sido la solución al reto du jour).  Salí del cuarto con sensación de vacío.  Sí, está chiquito aún, pero yo sentí que al día siguiente me iba a decir “mami, me voy a vivir solo.”

Me empecé a decir a mí misma el speech que les decía, antes de yo tener a Fabián, a todas mis amigas que ya eran mamás (ya saben, uno es el mejor padre de los hijos ajenos y más aún cuando uno no es padre… gracias por la paciencia muchá, qué arrogancia la mía pensar que les podía dar consejos de crianza):  “uno sabe que ha sido buen padre cuando los hijos no lo necesitan a uno,”  “es bueno que sean independientes, no van a andar prendidos de las faldas de mami para siempre.”  Pero por más que me lo repetí una y otra vez, no se me quitó esa sensación de vacío.

En esta etapa de mi vida me he sorprendido a mí misma diciendo muchas cosas que siempre les escuché decir a mis papás y a mis abuelos, y la que más repito es qué rápido se pasa el tiempo. Siento que fue sólo ayer que tenía a esa cosita pequeñita y rosadita en los brazos.  Siento que no puse suficiente atención, aunque yo sé que sí lo hice; quisiera apachar un botón y regresar a sentir ese olor a leche, ese olor a bebé nuevecito–como dice Natalia:  ese olor a cielo.  Pero el reloj, como en la canción de José José, no puede detener el tiempo en sus manos ni hacer esta noche perpetua.

Tendemos a apurar a nuestros hijos, a sentirnos frustradas cuando se tardan en hacer las cosas:  “apúrate, lávate las manos rápido,”  “a ver, te cargo para bajar las gradas, que vamos tarde,” “camina rápido, mejor te subo al carruaje,” ¿y así pedimos que el tiempo pase más lento?

Claro, el día a día nos pasa llevando de corbata y nuestras intenciones de parar y oler las flores salen volando por la ventana, pero hoy quiero proponerme estar presente, poner mi intención en disfrutarme la infancia de mi bebé, dejarlo jugar al bajar las gradas y permitirle quedarse viendo maravillado a las “hormingas.”  Ya llegará el momento en que él no querrá invitarme a maravillarme con él de las cosas pequeñas, en que él querrá descubrir cosas por sí mismo y buscará su privacidad; llegará el momento en que no querrá que lo bañe, que no necesitará de mi presencia para quedarse dormido y que no podré sentir su respiración cambiar de ritmo al momento de entrar al sueño profundo.  Y sé que lo extrañaré.  Así que hoy, dejaré de apurarlo y aprenderé yo nuevamente a maravillarme con las “hormingas.”

Edith 

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Entusiasta de la comida: hacerla, compartirla y disfrutarla; me gusta tanto, que la hice mi profesión y planeo mis vacaciones alrededor de ella. Mujer, esposa y mamá, mantengo mi sanidad mental escuchando rock ochentero y buscando la IPA perfecta. El amor no se encuentra, se construye.

2 Comments

  1. Carolina Mazariegos says

    Leí tu artículo y me encanto, daría lo que fuera por volver vivir muchas cosas con mi hija, pero como ya tiene 15 años, es lógico que ya no compartimos tantas cosas como antes, recuerdo que mirabamos hasta 4 veces una misma pelìcula, como tapaba todas las ventanas de la sala para las noches de cine, comiendo poporopos y hotdogs hechos en casa, los domingos de caballitos, bicicleta, patines y saltarines en las Américas. Ahora nuestras distracciones son diferentes, pero no por eso dejan de ser hermosas, cada etapa “tiene su gracia”, hoy los paseos en carro con música que de otra forma nunca voy a escuchar, los conciertos a capela que se escuchan desde su cuarto, escucharla hablar sobre sus temores, alegrías o disgustos del colegio, con amigos amigas y tal vez algún novio., ayudarla a buscar algo por internet o quedarme dormida en la sala mientras termina sus tareas del colegio (que es otro tema de terror) Yo trabajo y ella estudia; de lunes a viernes nuestro tiempo juntas es muy limitado, y las mamas tenemos que esforzarnos mucho para distribuir el tiempo entre esposo, casa, hijos y las mascotas, porque ahora tooooodos requieren que les dediques un poquito de tiempo.

    • ¡Gracias por tu comentario, Carolina! Sí, cada etapa tiene “su gracia” y siempre vamos a extrañar algo… lo que me asombra es lo rápido que todo pasa, a veces sin que nos demos cuenta, por eso mi propósito de estar presente en cada momento. – Edith

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