Ser Mamá en Guate
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TENGO UN AMORÍO Confesiones de una mamá cansada

Hace tiempo necesitaba confesar esto. Perdón, mi amor, y perdón a quienes lean esto, pero no puedo ocultarlo más: tengo un amorío desde hace varios años. Un amorío apasionado. Lo confieso porque sé que no soy la única, y espero puedan leer hasta el final y comprenderme.

Desde hace un tiempo, no puedo vivir sin él. Es lo primero que pasa por mi mente al despertar; es una necesidad que corre por mis venas, que me invade el cuerpo y me obliga a buscarlo donde quiera que esté, al punto de temblar con ansiedad si no está disponible para mí. Al punto del dolor de cabeza y el estómago revuelto cuando no lo encuentro. Necesito sentir su calor entre mis manos, su sabor entre mis labios, su energía en mi sangre. Necesito tenerlo al menos una vez al día, a un punto en que no lo puedo evitar.

Cuando estoy con él, siento que mis problemas, mi cansancio y mi mal humor desaparecen, sobre todo cuando está conmigo en las madrugadas o cuando pasamos tiempo a solas. Sí… ese tiempo a solas es mi favorito. A veces lo deseo con tantas ganas, que mi mente vuela y fantaseo con su olor. Nos imagino a los dos solos, en una playa o a la orilla del Lago Atitlán, viendo el amanecer en silencio.

Seguramente a estas alturas, te estás preguntando cómo es y por qué me gusta tanto. Él es moreno, muy fuerte, a veces amargo. A veces es un poco frío y así no lo disfruto tanto, pero cuando alcanza la temperatura correcta, puede levantarme con poco esfuerzo. Aunque no lo creás, me hace ser mejor mamá; me ayuda a ver la vida con otros ojos, a tolerar las frustraciones, a sobrevivir el circo romano de la rutina mañanera. Me ha acompañado en los momentos más felices y en los más tristes; es uno de los motores de mi vida y no sé qué haría sin él.

Perdón, mi amor, pero es momento de aceptar que vas a compartirme por el resto de nuestras vidas, porque su presencia no es negociable. Tendrás que saber que a veces incluso saldrá en nuestras fotos, junto mí y junto a nuestras hijas. Tendrás que aceptar que a veces tú deberás buscarlo y traerlo a la cama porque gracias a él funcionamos mejor. No te gustará reconocerlo, pero tú lo conocés y sé que te cae bien. Me lo has dicho en más de alguna ocasión.

Bueno. Ya confesé. No me juzguen, no piensen mal de mí, porque en este instante hay miles de mamás en la misma situación. Es más, seguramente muchas están leyendo esto despeinadas y medio dormidas, con el suyo cerca de los labios, calientito entre las manos. Seguramente hay otras leyendo esto al borde del colapso, porque despertaron y no encontraron el suyo por ningún lado.

No se hagan y díganme ahora, ¿quién puede culparme si no puedo vivir sin mi café?

Natalia

Gracias a Café Don Isidro, patrocinador de mis mañanas. Pueden encontrarlo en LeCafé, Vinoteca y Colectivo Shop.

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Esposa, mamá, psicóloga y doula. Estudiante eterna, apasionada la vida simple y de todo lo relacionado con la maternidad -con un poco de jardinería, libros, vino, boxeo y Seinfeld en la mezcla. Vivo, escribo y cocino sin recetas, buscando el equilibrio para ser feliz haciendo lo que puedo, con lo que tengo, donde estoy -la clave es nunca dejar de evolucionar.

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