Lifestyle, Posparto, Ser Mamá en Guate
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EL AMOR EN LOS TIEMPOS DE CRIANZA

A mi esposo:
compañero y rival,
espectador y protagonista.
Te amo.

Ya hace un tiempo que mi esposo y yo salimos de la etapa de criar una bebé recién nacida. A pesar de ser psicóloga y siempre está eso de tú que sos psicóloga no deberías tener problemas en la vida, les aseguro que durante este año y pico muchas veces hemos estado al borde del colapso. La crianza de un bebé es cosa seria; no digamos ese paso de un hijo a dos -y no imagino de dos a tres. Una vez, mientras yo despotricaba en la madrugada porque moría de cansancio y él necesitaba dormir para trabajar al día siguiente, me soltó un “¿qué querés que hagamos? ¿la regalamos?”. Como decimos en buen chapín, alguien agárreme que lo mato. Claro, ahora me puedo reír de eso cada vez que recuerdo sus ojos chinos y su pelo parado aguantándose las ganas de llorar, de irse a la punta o de ahorcarme. Menos mal, se contuvo y no hizo ninguna de las dos últimas. En cuanto a la primera, aunque no lo admita estoy segura de que en algún momento él también se encerró en el baño a sollozar (no te enojés mi cielo, ¡te amo!).

Una noche de estas con las niñas ya dormidas y una cervecita al lado, decidí escribir al respecto, mientras mi esposo veía sus programas de deportes en la tele. Quienes están en estas andanzas sabrán que en un matrimonio con hijos a veces las noches son así; aunque nos amemos, sólo queremos un poco de silencio y tiempo a solas.

Para empezar, es importante contarles que cuando conocí a mi esposo, Valeria tenía ya diez meses y cuando nos casamos, estaba por cumplir cuatro años. No vivimos juntos esa fase agotadora en la que dan ganas de salir huyendo; además, entre el nacimiento de Valeria y el de Catalina pasaron siete años y casi todo se me había olvidado. Y no me dejarán mentir; no es lo mismo criar un bebé en medio de mucha familia, que hacerlo solos en pareja. Con Valeria nunca estuve sola porque ella y yo vivíamos con mis papás y mis hermanos. Con Catalina, nos tocó duro y nadie nos pasó el memo. Además le di lactancia exclusiva -exclusiva en el sentido de que nunca quiso tomar una sola pacha, ni siquiera con mi leche. Ya se imaginarán el resto.

La vida en pareja con hijos parece una historia tragicómica de García Márquez (¿ya cacharon por qué el título de este post?); hay risas y llantos al mismo tiempo, por todos lados y a todas horas, y momentos tan reales que parecen de mentiras. Nos transformamos en personajes extraños, exagerados y apasionados, con los sentimientos a flor de piel. Pasamos de amarnos a gruñirnos en un segundo y viceversa.

No tengo tantísimos años de experiencia en carne propia, pero entre mis cuatro años de matrimonio con dos hijas y lo que he escuchado en mi consultorio, puedo decirles diez cosas que he aprendido y gracias a las cuales he podido vivir para contarla (ahora sí, ¿ya cacharon el título?):

Todo es pasajero. Los bebés no son bebés ni los niños son niños para siempre. Este es tal vez el punto más importante de todos.

Un día a la vez. Cómo haya sido nuestro día hoy, no determina los días siguientes. Hoy no pudimos ni platicar. Hoy no hay comida lista. Hoy logramos cenar juntos. Hoy no quiero que me hablés. Hoy logramos ver un película. Hoy no me pude bañar y tengo vómito de bebé en el pelo. Hoy pudimos descansar un poco. Hoy no fui al súper. Hoy nos distrajimos con las visitas. Hoy quise ahorcar a mi cuñada/vecina/suegra/amiga/tía/mamá. Hoy la pasé acompañada y feliz. Hoy me sentí sola. Hoy sólo quiero dormir. Hoy te amo. Hoy no tanto. Hoy no hablé con otro adulto en todo el día, así que cuando vengás te voy a bombardear con todo lo que tengo en la mente. Hoy. Hoy. Hoy. Ya saben cómo va la cosa. Mañana será otro día.

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El sentido del humor es vital. De no ser capaces de reírnos de todo lo que ha pasado durante estos años, creo que no habríamos sobrevivido. Me encanta cuando hablamos entre nosotros o con amigos y compartimos entre risas nuestras historias de crianza, que en algún momento parecieron cuentos de terror. Amo cuando nos reímos juntos de las cosas que nos pasan, porque nos pasan a los dos. Nuestra paternidad es una serie de historias que construimos juntos. Lo que no te mata, te hace más fuerte, ¿cierto? Bien dijo el Gabo, la memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado.

Mi esposo es un adulto. Aunque la Cosmo me lo restriegue en la cara a diario, he aprendido que él es una persona pensante igual que yo, con dos manos y dos pies, que no necesita de mí para subsistir. Se me tuerce el ojito cuando escucho que “no hay que descuidar al marido”, porque durante los primeros meses -no me dejarán mentir- en todo caso es la mamá quien necesita sentirse menos como personaje de The Walking Dead, especialmente si está dando de mamar cada hora, todo el día y toda la noche (a veces uno es el zombie y a veces es el que trata de salvarse de que se lo devoren). Al menos yo no me sentía capaz de atender a todos sin perder la cabeza. Y como doula, ese es uno de los principios de mi trabajo: una nueva mamá necesita sentirse cuidada para poder dedicar sus energías a cuidar de su bebé. Lo siento mi amor, te adoro pero no puedo recibirte en la puerta con tus pantuflas y un traguito en la mano.

La intimidad cambia. En la misma línea que el punto anterior, el sexo puede esperar. Gracias al cielo, ya no vivimos en una era de cavernícolas incapaces de contener sus impulsos por un tiempo sin que les explote el cerebro. Hay muchas formas de tener intimidad, y con el cansancio y las hormonas a flor de piel es más fácil volver a enamorarnos -o todo lo contrario, empezar a guardar resentimientos. Las caricias, las palabras lindas, la empatía y los besos se vuelven más importantes que nunca. No pasa nada si no sentimos ganas de sexy-time después de los famosos cuarenta días, cuando el doctor nos da permiso para cumplir con el marido. Sí, son palabras textuales de algunos médicos en pleno 2016. Al menos yo, entre que me sentía atrapada en un cuerpo extraterrestre, los asuntos mamarios que ya todas sabemos, la recuperación de la cesárea, el agotamiento y el ciclo de amor-odio del posparto, pasé varios (varios) meses sin energías ni mente para eso y ninguno de los dos se murió, ni significó que no amara a mi esposo. Escribiendo esto, me recordé de este post de Edith y me morí de la risa. En fin, eventualmente, el mojo (diría Austin Powers), regresa y todo va volviendo a la normalidad. Abastézcanse de series o películas en Netflix (si no han visto Game of Thrones, ahora es el momento), y ¡paciencia, piojos!

Cada uno debe cuidar de sí mismo. Siguiendo en ese contexto, después de unos meses a nosotros nos ayudó empezar a hacer ejercicio y cambiar un poco nuestros hábitos. Yo sé que al inicio parece imposible, pero el momento llega. Nosotros empezamos saliendo a caminar con Catalina en el cargador y Valeria al lado nuestro. Después nos metimos a clases de boxeo y, no les miento, nuestro matrimonio dio un giro impresionante. Fue una combinación de la metáfora que todas están pensando (de ir a somatar algo con autorización social), la mejoría de nuestra condición física y lo bien que la pasamos haciendo algo fuera de la rutina de las niñas y el trabajo; encontramos algo que no nos consume demasiado tiempo y que además nos hace sentir bien y nos da energía. A veces vamos juntos y a veces nos turnamos y vamos separados, y nos funciona bien de ambas formas. Recordemos que para poder amar a alguien más, primero debemos estar bien y nadie es responsable de eso, más que nosotros mismos.

Cada familia es diferente. Adiós a las fantasías de las películas o la idea que tenemos de la vida familiar de nuestra amiga/prima/cuñada/hermana. Adiós a lo que leímos en los libros. Las comparaciones son venenosas, sobre todo en un período tan vulnerable como cuando se tiene un bebé en casa. Es difícil filtrar los consejos y opiniones sin pensar que estamos haciendo todo mal, pero es importante saber que a cada pareja le funcionan cosas distintas, y cada niño es diferente. Muchas veces digo esto a mis pacientes: la crianza se aprende sobre la marcha. Evitemos la frustración de que las cosas no salgan como decía en el Babycenter -que, por cierto, no es mi fuente predilecta. Hagamos prueba y error, quedémonos con lo que nos haga sentir mejor y encarguémonos de cuidar nuestra propia gramita, en lugar de fijarnos en que la del vecino está más verde.

La comunicación es clave. Por más cliché que suene, es cierto. Pero cuidado con algo muy importante, y es que no se trata sólo de decir todo lo que queramos decir, sino saber cómo decirlo y en qué momento. Y ese es el arte de la comunicación eficaz y la base para evitar el 90% de conflictos. A mí a veces me sirve decir las cosas por escrito (qué sorpresa, ¿verdad?). A veces prefiero alejarme un rato y retomar la conversación en otro momento. Mi esposo y yo no siempre lo logramos, pero tratamos de no alcanzar ese punto en las discusiones en que ya nadie dice cosas coherentes y sólo se vuelve una maraña de dimes-y-diretes. A veces. Otras veces sólo falta que me dé vueltas la cabeza y trepe las paredes como araña.

Ya nunca, nunca se puede regresar a ser dos. Cuando nos casamos, nadie nos dice ahí te recordás de andar con alguien más de vez en cuando, porque necesitás tu libertad. Simplemente asumimos que vamos a ser fieles a nuestra pareja, porque tomamos la decisión de casarnos o de convivir. Lo mismo sucede cuando tenemos bebés. Decidimos ser tres, o cuatro, o cinco, y las cosas tendrían que partir de ahí, aunque al inicio sea difícil. Eventualmente, tendremos la oportunidad de salir solos y pasar más tiempo en pareja, pero al inicio es una expectativa demasiado alta -y demasiado frecuente, y demasiado frustrante. No pasa nada si al inicio no lo logramos; incluso les sucede a más parejas de lo que creemos y con más dificultad de lo que imaginamos. No hay nada de malo en nuestro matrimonio si no recuperamos nuestra vida social al 100% en un par de meses (o años), por la razón que sea, siempre y cuando estemos en paz con eso y busquemos alternativas para distraernos. En nuestro caso, la lactancia ha sido un factor determinante, ya que Catalina sigue tomando leche materna y no podemos irnos tanto tiempo por el tema de la no-pacha. Además, a veces sólo queremos descansar y otras veces no hay pisto que alcance para salir todos los fines de semana. Ya llegará el momento de salir en santa paz, igual que cuando Valeria era bebé. Been there, done that. No pasa nada. Lo que sí hacemos es reunirnos en casas de amigos en la tarde-noche, con todo y los niños, para convivir con adultos sin la logística engorrosa de buscar quién los cuide, y la pasamos felices. A veces mi esposo y yo también nos turnamos para hacer separados actividades que nos gustan; es muy de vez en cuando, pero la idea es ir encontrando un punto medio y hacerlo funcionar.

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Para terminar, en palabras del gran Gabo, el amor se hace más grande y noble en la calamidad. En los tiempos de crianza, el amor se demuestra todos los días, en las cosas pequeñas, en cada paso que avanzamos y cada vez que nos levantamos de un somatón. Tanto para mamá como para papá, la transición a la vida después de los hijos es compleja y encontramos el amor en el caos, en cada logro de nuestros bebés, en el respeto, en cada vez que reconocemos mutuamente que estamos haciéndolo bien a pesar de los errores. Está en las fotos que tomamos, en las cartas que escribimos, en cada ratito que pasamos en silencio, en cada buenas noches y en cada buenos días. No es necesario tener escenas estilo Dirty Dancing; sólo hace falta ver al fondo de esos ojitos para encontrar ahí esas partes de nosotros que sentimos perdidas, y besar esas manitas con tierra para admirar la obra de arte que construimos juntos. Cuando nos dejamos llevar y disfrutamos el viaje, lo demás llega por añadidura y cuando menos sentimos, regresa lo que fue antes de los hijos, sólo que aún más fuerte, más completo, con más compromiso y mucho más colorido.

Con todo lo bueno y lo no tan bueno, ¿qué más apasionado romance con la vida que la paternidad?

Natalia de Biegler
Psicóloga Clínica / Doula
nataliadebiegler@gmail.com

[Imágenes del genial Brian Kershisnik]

 

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Esposa, mamá, psicóloga y doula. Estudiante eterna, apasionada la vida simple y de todo lo relacionado con la maternidad -con un poco de jardinería, libros, vino, boxeo y Seinfeld en la mezcla. Vivo, escribo y cocino sin recetas, buscando el equilibrio para ser feliz haciendo lo que puedo, con lo que tengo, donde estoy -la clave es nunca dejar de evolucionar.

5 Comments

  1. Ileana de Muñoz says

    Realmente no tengo palabras, son muchas emociones!!! todo lo escrito TODO ES TAN CIERTO, y si luego al final del dia sabes que cada vivencia es un parrafo, una frase de esta historia que es la vida, amo a mi hijo a mi esposo, soy madre a tiempo completo y di lactancia exclusiva por 4 años, vivi frustaciones, llore y rei, quise huir del caos emocional en mi postparto, pero luego leo esto y me siento tan identificada NUNCA SOLA, hay mas mujeres como yo y cada una con sus batallas a librar!!! ME FASCINA LEERTE!!! GRACIAS!!!!

  2. Isabella says

    Excelente artículo! Todas sus palabras han sido mis propios pensamientos y sentimientos desde que mi bebé nació hace cuatro meses. Que refrescante leerlo, me hizo sentir normal otra vez 🙂

  3. Maria Jose says

    Me encanta su Blog! Felicidades y gracias por tomarse el tiempo de compartir esas experiencias y poder darnos cuenta que hay otras pasando por lo mismo! Felicidades!

  4. Sonia Aguirre says

    Que delicia leerte… recuerda que si lo haces bien el amor se fortalece y debe ser lo más importante para los dos porque en menos de nada ya los hjos no están y extrañarás cada minuto de la difícil crianza.

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