Ser Mamá en Guate
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A nueve días

A Annie,
y a todas las mamás que
hoy lloran por una ausencia.

Nueve días y nueve noches de pensarte sin saber qué decir. Son las dos de la mañana y sólo quiero sentarme a poner en palabras la maraña de cosas que me pasan por la mente todo el tiempo. Los días pasan y la tristeza se asienta, se hace cada vez más espesa y más real. Muchas veces despierto en las noches esperando que todo haya sido sólo un sueño, un mal sueño, una broma pesada de mi subconsciente, un insulto a mi mente de mamá. No puede ser. No puede ser. No puede ser.

Estoy atrapada entre dos mundos paralelos: ese mundo en que mi vida sigue, la vida de mi familia sigue y hay bodas, cumpleaños, aniversarios y celebraciones de por medio, y ese mundo en que el tiempo se detiene, que se siente como un puñetazo al estómago y necesito respirar hondo para recuperar el aire. Ese mundo en el que pienso en ti, en ustedes, en tus papás, en tus suegros. El mundo que se me abre a diario, me congela el alma y me hace humilde, mientras seco las lágrimas de Valeria junto con las mías y hago el intento ridículo de darle algún consuelo. A veces sólo puedo verla llorar de rabia y de tristeza, escucharla, abrazarla y llorar con ella cuando me dice “tú no me entendés, no has pasado por esto”. Puta madre, qué razón tiene. Me duele reconocer que no sé cómo ayudarla. Y tal vez por eso no había encontrado las palabras para escribirte; no tengo la mínima idea de qué se siente perder un hermano, mucho menos un hijo.

Escucho a la gente decirte que seás fuerte, que te resignés, que tengás fe, que todo tiene una razón de ser. Sé que las intenciones son buenas y que a veces es lo único que se sabe decir en situaciones como esta. Te juro que he intentado buscarle pies y cabeza, de hacerle sentido, de buscarle própósito y de cuadrarlo de alguna forma, pero al menos hoy, no puedo. No es justo. Lo que está sucediendo no es justo bajo ninguna lupa y yo no soy nadie para decirte qué hacer y mucho menos qué sentir. No tengo el derecho.

No puedo decirte qué va a pasar; no sé cómo va a ser mañana ni cuánto tiempo te va a doler así. No sé. No vengo a decirte un cliché. Sólo quiero que sepás que te pienso todo el tiempo, que tengo en la mente, en lo más hondo de mi alma y de mi corazón de mamá. Quiero que sepás que sos fuerte desde ya, con el hecho solo hecho de estar de pie cada día. Que sepás está bien llorar, que está bien enojarte, odiar el mundo por un rato, cuestionar, querer estar sola o querer estar acompañada. Que también está bien reírte o distraerte; está bien hablar y pedir lo que necesités para sentirte mejor por un rato. Estoy más que segura de que hay muchas manos dispuestas a hacer lo necesario por ti -entre ellas, las mías.

Sé que no hay nada que pueda decir para quitarte el dolor, y tampoco busco eso. No intento hacerte sentir mejor para yo sentirme mejor. Sólo quiero repetirte que te pienso todo el tiempo, a ti y a Mia. No voy a olvidarla a ella, ni voy a olvidarme de ti. Quiero que sepás que siempre habrá un lugar importante para ella en mi casa y en la vida de Valeria. Igual que Sebastián, Mia será parte de nuestras conversaciones cotidianas con ella y de las fotos en su pared, para que guarde en su memoria los recuerdos felices de la espera de su hermana y de los ratos en que pudo tenerla en sus brazos, besar su carita y hablar con ella. Para que el dolor cada vez sea menos, y en su lugar vaya quedando sólo el amor. No sé decirte cuándo, pero sé que, algún día, de alguna forma, también será así para ti y para tu familia.

Esta carta es lo más cercano a poder darte todos los abrazos que quisiera darte y a decirte todo lo que quisiera decir. Pienso en ti siempre, y estoy a tu disposición.

Con amor,

Natalia

Imagen “A missing piece of me” de K.M. Berggren
En honor y recuerdo de Mia Solares (14 de noviembre 2016 – 28 de noviembre 2016) <3

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Esposa, mamá, psicóloga y doula. Estudiante eterna, apasionada la vida simple y de todo lo relacionado con la maternidad -con un poco de jardinería, libros, vino, boxeo y Seinfeld en la mezcla. Vivo, escribo y cocino sin recetas, buscando el equilibrio para ser feliz haciendo lo que puedo, con lo que tengo, donde estoy -la clave es nunca dejar de evolucionar.

3 Comments

  1. Claudía Solorzano says

    Sinceramente la perdida de un hijo es muy dura….Dios de fortaleza a la madrr de ese angelito q fue llamado nuevamente al cielo. Hermosas palabras del corazón.

  2. Brenda Hernández says

    Agradezco mucho la honestidad plasmada en tu escrito. La gente no tiene la más mínima idea de que cada vez que intentas hacer sentir mejor a una madre que lleva este dolor mí único que hace es lastimar más que con esas frases. Con el tiempo te duele menos, pero el amor hacia esa personita te traiciona, te desplomas y te vuelves a levantar. Aprendes a vivir. Nada ni nadie compensa ese sentimiento. Más que palabras a veces lo único necesario es que alguien se siente a tu lado y te escuche, te abrace y te deje llorar. Dejar que las lágrimas salgan es lo único que permite que no te ahogues con tanto dolor.

  3. Carolina Mazariegos says

    “El dolor nunca se ira”. Esto suena duro verdad?…se vuelve el huesped no invitado del corazón, alguien con quien se tiene que aprender a convivir, esa ausencia, ese vacio, ese monton de preguntas que nunca tienen respuesta. En mi casa, tuvimos que vivir con este huesped, que se apareció en cada Navidad, en cada cumpleaños, casi todos los días lo vemos rondar por la casa. Solo puedo decirle que para quienes perdimos un hijo o un hermano, nos cae muy bien amigas como Usted, no necesitamos que nos den palabras de consuelo, PORQUE NO EXISTEN, solo queremos sentir su apoyo, su compañìa, su solidaridad y su comprensión, MUCHA COMPRENSIÓN, porque no es fácil aguantarnos con este dolor que cargamos, porque no es fácil escucharnos. Gracias por ser esa amiga que se sienta al lado y espera pacientemente.

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