Ser Mamá en Guate
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LA RUTINA Y YO Crónica de una mamá cansada

Son las cuatro de la mañana. Estoy en mi quinto sueño, cuando Catalina se cae de la cama. Sí, se cae por el extremo de los pies de mi cama porque el colecho a veces es un deporte extremo. Siento que se me sale el alma del cuerpo con el somatón. Medio dormida y seguramente pálida del susto, la levanto del suelo, la abrazo, trato de calmarla. Ella deja de llorar. Y así empieza nuestra conversación de una hora (o más, ya no sé), y esa sesión de lactancia que se siente eterna. Se pone, se quita, se sienta, platica. Y ese circuito mil veces.

Mientras intento dormirla, se despierta también Valeria y me pide que la acompañe a su cuarto. No puede dormir; hoy empieza el colegio y está nerviosa. Catalina se duerme. Voy al cuarto de Vale, me acuesto en su cama, le hablo con cariño y le hago cariño en su pelo liso. Ella también se duerme. Ahora yo, ahí acostada con la adrenalina prendida de mis venas, no puedo dormir. Si ella supiera que yo muero de nervios también. Hoy regresamos a la rutina una vez más.

La dichosa rutina siempre me ha jalado los pies por las noches, justo del talón de Aquiles. Se aparece en las listas de cosas por hacer, en las cuentas por pagar, en los ingredientes que faltan en mi cocina, en las llegadas corriendo, en los proyectos de Valeria que recuerdo el día antes, en las llamadas pendientes, en el caos de mis tardes, en el tiempo que me falta -que a veces me pregunto en qué rejodidos se me fue. La rutina me paraliza, pero me aparece hasta en la sopa. Es mi kryptonita. No sé cómo hacer las paces con ella; entre mis horarios de trabajo tan variables y los tiempos tan distintos de mis hijas, no logramos congeniar y me hace tambalear en mi maternidad. ¿Lo estoy haciendo bien? Pocas cosas me provocan ansiedad en esta vida, y desde que soy mamá, esa chulada es la principal.

Me pregunto si otras lo sienten igual que yo. ¿Será que todas vivimos así, negociando con la rutina, pidiéndole horas prestadas, tratando de complacerla, regalándole la dignidad, buscándole la cara bonita? Uno pensaría que después de nueve años de estar en estas, ya debería haberle encontrado pies y cabeza. Pero no. Cuando pienso que la tengo dominada con mi agenda en mano cual látigo de domador, la condenada se me escapa. Golpe al ego.

Espero que hoy sea un buen día. Pienso en ellos tres todo el tiempo. Intento recordar cómo era la vida antes de esto y no puedo. Esa vida antes de la corredera, cuando sólo jalaba mi bolsa y ya, cuando no importaba cambiar los planes a última hora y lo único predecible era la parranda del viernes. ¿Dónde? No importa. Sólo veámonos las caras. Ahora una reunión con mis amigas o una cita con mi esposo necesita más planificación que los XV de Rubí.

Está amaneciendo. Me levanto de la cama, enciendo la cafetera. Voy al baño a oscuras, alumbrando el camino con mi celular por ese miedito de que alguien se despierte (otra vez) si enciendo una luz. Pienso en un millón de formas de organizar mis días y mis semanas para que todo encaje y no volverme loca. Sólo un poco loca. Un poquito, como la ardilla de Ice Age. Cuando por fin tengo la bellota en las manos, se rompe el hielo bajo mis pies y vuelvo a empezar. Ajá, cabal así como se lo están imaginando, con el ojito tembloroso y todo el rollo.

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Ya son más de las seis de la mañana y es hora de levantarnos. Enciendo la luz y veo mi imagen en el espejo, con los ojos puspos por el desvelo y la rinitis. Uy, el pelo me amaneció chilerito -menos mal porque no me da tiempo de lavármelo y la rutina en cuestión ya me tiene mil cosas para hacer hoy. Me doy cuenta de que anoche me quedé dormida con la t-shirt que usé en el día.

Mom life is the best life. ¡Eureka! Esta soy yo. La que no puede hacer una dieta ni llevar una rutina ni siquiera en el gimnasio. Esta es mi vida hoy. La maternidad ha sido mi mejor escuela para vivir como quiero, aunque a veces sea esa a quien todo le sale al revés. Selfie para el recuerdo, antes de que todos se despierten –again.

Me miro un rato más en el espejo. De frente y luego de ladito para ver cómo amaneció la panza. A ver si ya se van yendo esos cuarenta y siete tamales (con pan, obviamente) que me aspiré en diciembre. Doy un trago a mi café y respiro hondo. Pienso que quizás no necesito vivir un romance idílico con la rutina. Tal vez sólo no somos compatibles para convivir a diario. Tal vez yo soy Leo y ella Escorpio. Tal vez ella y yo sólo necesitamos ser cordiales, darnos la mano de vez en cuando, tolerarnos mutuamente. Tal vez puedo darle un espacio en mi casa pero no permitir que se apodere de ella. Que me visite como una vecina y no como el Chupacabras.

La vida en familia no me deja predecir. O mejor dicho, mi forma de hacer familia no me deja. Puedo planificar, ser optimista, hacer listas y llenar calendarios, pero lo espontáneo siempre se cuela y va primero. No puedo encajar mi maternidad en la rutina; de alguna forma, tiene que ser al revés. Estoy segura de que ya iré encontrando la manera.

Doy otro trago a mi café y vuelvo a respirar hondo. Debo ser más amable conmigo misma. Estoy haciendo lo que puedo, con lo que tengo. Un día a la vez. Mi casa no es como las de las demás; ninguna casa es igual a otra y las circunstancias de cada familia son distintas. No pierdo nada con seguir usando mis calendarios con códigos de colores para hacerme la vida más fácil, o mi planificador de menús, pero tal vez debo escribir en ellos siempre con lápiz. Ser estable, hacer planes, pero con un (amplio) margen de flexibilidad. Hacer familia es justamente eso: ser capaz de reorganizar, de tolerar lo inesperado, de dejar entrar el caos de vez en cuando, porque es inevitable. O le abrís la puerta o te la bota a patadas.

Siempre he dicho que, cuando tenés hijos, no hay nada más terrorífico que encontrar tirada la tapadera de un lapicero o de un marcador, porque sabemos que algunas marcas no se borran de las paredes, de la ropa, de los muebles. Igual que no se puede borrar del alma algunas cosas que decimos o hacemos, creyendo que es por el bien de ellos pero es, en realidad, por necesidad nuestra. Cuando sos mamá, necesitás tener siempre un borrador a la mano por si te equivocás o por si cambiás de opinión, o por si necesitás hacer -valga la redundancia- un borrón y cuenta nueva. Cuando sos mamá la vida te va enseñando que, a menos que sean cartas de amor, no se vale escribir en lapicero.

Natalia

 

 

 

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Esposa, mamá, psicóloga y doula. Estudiante eterna, apasionada la vida simple y de todo lo relacionado con la maternidad -con un poco de jardinería, libros, vino, boxeo y Seinfeld en la mezcla. Vivo, escribo y cocino sin recetas, buscando el equilibrio para ser feliz haciendo lo que puedo, con lo que tengo, donde estoy -la clave es nunca dejar de evolucionar.

3 Comments

  1. Maritza Ruiz says

    Natalia no te voy a decir: “hay qué lindooo”…..pues ya sabemos que escribes de una manera muy especial que nos regresas a todas las Mamás (incluso a las abuelas!) a nuestras propias y alucinantes relaciones con La Rutina….pero si te quiero agradecer por la oportunidad de leerte pues regresas mis emociones a mis propios días de ser mamá de pequeñas. …….Desde mis ojos sólo sé que el tiempo pasó, y demasiado rápido! !!!! Ya casi ni recuerdo esas interminables y sufridas madrugadas , ni todo el equilibrio emocional y económico de esa época. Sólo sé, que valió la pena cada segundo. Te quiero y admiro mucho, sigue que este caminar es de puro amor……

  2. Mariela de Fernández says

    Mejor explicado no se puede, aunque la verdad que en los momentos duros, en esos en donde una simple cosita me hace pensar que todo se derrumba, recuerdo que mis hijos no volveran a pasar por esta misma etapa y que algún día voy a extrañar toda esta rutina, asi que me ajusto los pantalones y me vuelvo a amigar con la rutina 😂😂😂. Saludos.

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