Maternidad y Crianza
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EL PRIMER DÍA DE COLEGIO Las cosas que nadie te dice

Hace poco, Facebook se encargó de regalarme estas fotos del primer día de colegio de Valeria el 17 de enero de 2010. Sí, leyeron bien. Soy mamá de una niña que entró al colegio cuando todavía no había Facebook en el celular (aquí va la musiquita de La Dimensión Desconocida).

Arriesgándome a sonar como cliché, recuerdo ese día como ayer. Mi bebé recién aprendía a caminar y era del tamaño de su lonchera -un año y cuatro meses de cachetes y colochos.

Recuerdo que sentía muchas cosas al mismo tiempo, principalmente culpa por no poder dedicarle más tiempo, por querer llevarla al colegio -porque además de ser mamá soltera y tener la necesidad de trabajar tiempo completo, quería desarrollar mi vida profesional. Me gradué Magna Cum Laude de la universidad, por supuesto que no quería sonar a fracaso (leer más de esto aquí). Ay sí, la pobre metió las patas y ahí se quedó su vida. Qué injusta la gente, ¿verdad? Malo si trabajás como buey, malo si no trabajás como buey. Recuerdo ese temor de sentirme juzgada, precisamente porque en algún momento antes de tener hijos, yo fui así de cruel. Directito del cielo me cayó el escupitajo.

En ese momento, aunque estaba consciente de que necesitaba llevar a Valeria al colegio tan chiquita, a veces me sentía culpable, como en muchas otras decisiones que he tenido que tomar a lo largo de los años. Ese primer día fue un torrente de emociones tan nuevas y tan intensas que incluso hoy recuerdo y siento ganas de llorar. Me da nostalgia por ella y por mí, porque me habría encantado que alguien me dijera algunas cosas que yo, como mamá primeriza, no sabía, o que bajo mi bandera de “la mamá soltera” no me daba el lujo de pensar, sentir y mucho menos decir. Porque muchas veces llené mi boca de justificaciones y explicaciones a raymundoytodoelmundo, o de intentos de esconder mi inseguridad sobre mi decisión.

Me habría encantado que alguien me dijera Chula, eso que sentís es normal.

Hoy estoy casada, soy más madura y tengo amigas con hijos. Y hoy me doy cuenta de que mis miedos, mis preocupaciones, mis alegrías y mis orgullos respecto de mis hijas son exactamente los mismos. Aún hoy, a veces me siento culpable por una u otra razón.

Todas las mamás, trabajemos desde donde trabajemos y estemos en la situación conyugal en la que estemos, sentimos ese remolino de emociones cuando inscribimos a nuestros chiquitos al colegio a una edad tan temprana. Algunas lo hacemos por nuestros horarios laborales, otras porque viene un bebé en camino, otras porque necesitamos ese tiempo para algo más, o porque alguien nos dijo que el niño tiene que ir al colegio para socializar, o para aprender a hablar, o porque está muy consentido, o qué se yo. No importa la razón, siempre nos aterroriza la sensación de soltar esa manita y entregársela al mundo por primera vez. Y nos aterroriza esa sensación tan extraña de tener tiempo disponible, y disfrutarlo.

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Valeria, 1 año 7 meses (2010)

Escribo todo esto porque sé que más de alguna acaba de cruzar ese puente y siente la necesidad de llorar en el carro sin que nadie la vea, para no sentirse ridícula. Porque todos los libros le enseñan cómo ayudar a su hijo a adaptarse al colegio, pero ninguno le sirve a ella para prepararse. Porque todo el mundo le dice que es bueno para los niños, cuando tal vez ella sólo quisiera quedarse un rato más en la cama, bien acurrucados y sin correr.  Porque tal vez su pollito se quedó llorando y ella debe repetirse una y otra vez que así es la adaptación, y que pronto dejará de llorar. Porque sabe que nadie va a cuidarlo como ella. Porque su cerebro sabe que no hay alternativa y tomó la decisión correcta; porque dedicó tiempo y esfuerzo a buscar lo mejor para su hijo, y su corazón quisiera retroceder el tiempo sólo un poquito para tener un rato más con su bebé. O porque su pollito se quedó feliz y parece que no la extraña, o porque piensa que tal vez es muy rápido, pero es lo más conveniente para su familia.

De igual forma, tal vez haya alguien preguntándose si hace bien en quedarse con su bebé en casa, si estaría mejor en el colegio o si lo perjudica al privarlo de la experiencia.

Quiero que cada una de esas mamás sepa que yo he estado ahí; que todo eso que está pasando, yo ya lo pasé. Que hoy haría muchas cosas distinto, incluyendo permitirme sentir más, compartir más, hablar más sobre el tema para sentirme menos sola, aceptar que no siempre se siente vivalaflor y que también duele. Me permitiría expresar mi ansiedad, mi miedo, la sensación de culpa que de repente invade todo mi cuerpo como humo que entra por mis pies, justo cuando empiezo a sentirme cómoda con mis decisiones.

Sólo sé que cualquier cambio se hace más fácil con el tiempo, sobre todo cuando vemos que nuestros hijos están felices; sé que la culpa es como una nubecita que nos persigue en los días difíciles, pero después se va como llega. Sé que las mamás decidimos siempre pensando en el bien de nuestros hijos y, cuando las decisiones se toman con amor, no hay pierde. Sé que podemos cometer errores, dar marcha atrás, repensar nuestras elecciones y cambiar de rumbo, y también se vale. Sé que la intuición de una mamá es la mejor brújula y necesitamos confiar más en ella para encontrar el Norte de nuestra familia.

Ese camino de la entrada al colegio es uno de los más complicados porque muchas veces vamos empujadas, jaloneadas -o las dos cosas al mismo tiempo- y aparte llevamos encima una maleta llena de dudas, alegría, orgullo, culpa, nostalgia y, sí, también libertad. No vengo con tacuche de experta a dar un listado de tips del diente al labio, ni una receta bajada de internet para prepararnos. Realmente no existe una fórmula.

Lo único que quiero es mandar un abrazo a distancia y decir a quien lea esto y se sienta en medio de la humazón, Chula, eso que sentís es normal.

Con amor,

Natalia

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Esposa, mamá, psicóloga y doula. Estudiante eterna, apasionada la vida simple y de todo lo relacionado con la maternidad -con un poco de jardinería, libros, vino, boxeo y Seinfeld en la mezcla. Vivo, escribo y cocino sin recetas, buscando el equilibrio para ser feliz haciendo lo que puedo, con lo que tengo, donde estoy -la clave es nunca dejar de evolucionar.

2 Comments

  1. Chio says

    Gracias!!!!!
    Mi pequeñin tiene 1.3, lo meti al cole porque lo noto tan despierto y chispudo que me dije “es de aprovechar”, además que solo quería mantenerse cargado, sin querer jugar alli cerquita de mi. No trabajo, decidi renunciar para quedarme a cuidarlo. Cuando cuento que ya está en el cole se me quedan viendo como si fuera el peor monstruo de la tierra…. entro en mis dudas si lo que hice estuvo bien, pero solo se que lo que busco es lo mejor para el… espero no estarme equivocando.
    Me encanto tu articulo, muchas de esas sensaciones me pasan también.

    Saludos

  2. Carolina Mazariegos says

    Me encanto la foto. La típica mama… mandando a la beba con la chumpa mas gruesa y abrigada que encontró, ja ja ja, todas hacemos lo mismo, cuando salimos los pobres niños apenas y se pueden mover, porque abajo del uniforme llevan hasta una pijama delgada… por aquello del frío.

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