Maternidad y Crianza, Ser Mamá en Guate, Talleres
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CO-MADRES Mi experiencia en un grupo de crianza

Soy Edith. Me gradué del colegio en octubre y en marzo ya tenía mi primer trabajo -un trabajo en una empresa transnacional donde hice amistades que perduran al día de hoy. Me pagaban bien, compré mi primer carro y me pagué mi universidad. Esta fue la constante en mi vida hasta los treinta y dos años, cuando decidí renunciar a la seguridad de un trabajo de 8 a 5 y emprender con mi negocio de catering, un negocio del que no sabía mucho. Emprender fue durísimo, pero logré estabilizarme y llegaron oportunidades que me llevaron a trabajar con horario y rutina. El trabajo en la cocina es demandante y poco a poco me di cuenta de que mi corazón no estaba en trabajar para alguien más; además comencé a pensar ya en pedir bebé, como dicen las abuelitas, y los horarios no eran compatibles con el estilo de maternidad que, ingenuamente, tenía planificado vivir.

Renuncié a mi trabajo, pero no podía quedarme quieta y retomé el catering. La emoción de volver al ruedo fue como una bocanada de aire fresco; pensé, planifiqué, soñé dónde iba a ir la cunita o portabebé para cuando regresara al trabajo después del parto, por supuesto, usando mis jeans pre-embarazo (JAJAJA), ubiqué donde estaría su “espacio de juego,” y SOÑÉ. Nos empezó a ir súper bien, tuvimos eventos grandes con cuyas ganancias logré pagar un par de deudas pequeñas y aún me quedó dinero para un viaje a Francia… donde me enteré de que estaba embarazada.

El olor de la cocina se tornó inaguantable… el olor de la mantequilla era vomitivo y pasaba media hora tomando mineral con limón hasta que mi nariz se habituaba. Cuando me quitaba la ropa al llegar a la casa, tenía que sacarla del cuarto porque no podía con el olor. Horas de horas parada, el cansancio del primer trimestre y ese sueño que sentís que te cayó un piano encima, pero determinada a que todo funcionara como antes.

Y luego, una noche regresando del trabajo, me topé con mi peor miedo: empecé con hemorragias. Recuerdo perfectamente estar sentada en la cama, llamar llorando a una amiga que me había contado que ella había pasado por lo mismo y sentir cómo el miedo me subía desde los pies hasta la cabeza, con esa necesidad de huir, de meterme debajo de las sábanas y rogar que fuera una pesadilla. Llamé a mi doctor a las ocho de la noche, quien me mandó a hacer reposo, aplicar óvulos de progesterona y llegar a la clínica al día siguiente por un ultrasonido.

Obvio, no dormí. Lloraba y lloraba y lloraba; a la mañana siguiente, esperar el turno para el ultrasonido fue eterno y recuerdo subir a la camilla llorando, con el corazón tan acelerado que la técnica me pidió que me tranquilizara. Cuando escuché sus latidos, sentí que me desmayaba de la felicidad. Bueno, salimos de peligro, pensé. Pensé. Planifiqué. Soñé. Me mandaron reposo por dos semanas, al término de las cuales regresé a la cocina… para volver a pasar por la misma pesadilla dos semanas después.

Como dice Alanis Morrissette, life has a funny way of sneaking up on you. Las circunstancias me obligaron a bajar revoluciones y enfocarme en mi bienestar y en el de mi bebé. Esos primeros meses fueron duros entre las hormonas y la frustración de no poder seguir con mi vida normal. Hubo días que me bañaba hasta las 2 de la tarde, muchas tardes/noches en que mi esposo me llegaba a encontrar tirada en el sillón, planificando nuevas formas de “ser productiva” cuando llegara el bebé para no “quedarme” de ama de casa/mamá…

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Adelantemos el cassette (asumo que todas sabemos qué son los cassettes, porque si no… qué vieja estoy) a agosto 2014, cuando por fin tenía a mi bebé en los brazos y la realidad me sopapeó en la cara. Luego de más de 15 años de trabajar fuera de la casa, me encontré con un trabajo inmensamente más demandante, sin descansos y sin esas interacciones con otros adultos que nos relajan y distraen. Repentinamente entraron en choque la teoría de los libros y la vida real, donde a Fabián literalmente le pelaban mis intentos de una rutina/horario, la lactancia tuvo un inicio accidentado y los fines de semana me daban más miedo que emoción. Necesitaba compañía, necesitaba alguien que me entendiera, alguien que no pensara que estaba loca/ hormonal/ exagerando y no lo encontraba -mis amigas tuvieron hijos mucho antes que yo, mi hermana no vive cerca y ya estaba ocupadísima con DOS bebés. Nuevamente, mi doula al rescate.

Natalia, ahora mi partner en SMG, que en ese entonces era mi doula (pueden leer más sobre esto aquí) me invitó a un grupo de crianza dos veces al mes -me sonó la cosa más hippie de este mundo, pensé que me iban a recibir cantando kumbayá sobre petates. Resultó ser justo lo que necesitaba: un nidito calientito de comprensión, un lugar donde recibía miradas de yo también, donde vivimos juntas ratos lindos y ratos tristes, donde encontré soluciones a retos que en ese momento me parecían la montaña más imposible de escalar. Fue un espacio donde mi opinión fue valorada y respetada, donde lloramos y no nos pudimos abrazar porque estábamos dando lactancia o pacha, donde se me chamuscó Fabián por primera vez porque se nos pasó el tiempo de chachalaqueada mientras nuestros bebés estaban en onesie recibiendo el sol de la mañana, donde me tuvieron toda la paciencia del mundo mientras subía mi portabebé, mi GRAN pañalera, mis colchitas y juguetitos que mi bebé jamás usó. En el grupo de CoMadres compartimos galletitas y té sin cafeína, aprendimos que ser mamá es más lindo en tribu, y ahí nació este proyecto tan lindo que ahora tengo la bendición de llamar trabajo.

En otros países, los grupos de crianza son la norma y no la excepción, porque sus beneficios están más que comprobados desde tres puntos de vista diferentes:

Ya saben cómo funcionamos en SMG: solamente recomendamos cosas que hacemos/utilizamos y creemos que son de beneficio para la tribu. Y como ya tenemos el teje y maneje, siendo nosotras una doula y una mamá que ya estuvo en un grupo de crianza, creamos uno nuevo para ustedes. La mecánica es simple: nos juntamos todas en un lugar donde los pollitos puedan gatear, jugar, moverse libremente, y nosotras podamos platicar tranquilas mientras estamos con ellos, tomamos un té, comemos algo rico y qué mejor aliado que Gymboree, con el lugar idóneo para todo eso. Ojo: no es un grupo de juego para bebés; es un grupo para mamás, con la ventaja de que nos acompañan los pollitos.

Por el momento, iniciamos el 7 de febrero con un grupo para mamás y bebés de 0-12 meses, y pronto tendremos disponible un grupo para mamás y bebés más grandes.

Si quieren que les enviemos información, pueden escribirnos a info@sermamaenguate.com para inscribirse. ¡Natalia y yo las esperamos con los brazos abiertos!

Con cariño,

Edith

3 Comments

  1. nataly says

    Hermiso post! me disfruto leerlad como no tienen idea! yo tengo pollitos(pollotes de 5 y 10) y me encanta la idea de tener um grupo de coMadres!

  2. Marializ says

    Como dicen ustedes: así, qué alegre ser mamá en Guate!! Cómo habría querido esto cuando mi bebé tenía apenas dos o tres meses! Yo apuntadísima al de año y medio!! 🙋🏻

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