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ME CONTÓ UN PAJARITO: HOY VISTE A TUS HIJOS CANSADOS Colaboración

Gracias a Melissa por compartir su historia.

Hoy, como todos los días, sonó el despertador y fui al cuarto de mis hijos a las 6:00 a.m. a levantarlos para ir al colegio. Mientras se vestían, por unos segundos los vi. Los vi como no lo hago normalmente; me detuve en medio de las clásicas prisas de la mañana y fue como si el tiempo se hubiese detenido y todo se hubiese congelado. Lo que vi me asustó… y mucho. Vi sus caritas con ojeras y fatiga -sus caritas de niños de ocho y cuatro años con sus ojos cansados, deseando que fuese viernes para empezar el fin de semana.

Lávate los dientes.

Vamos, termina tu desayuno.

Ya es hora.

Ven, te peino.

¿Ya te limpiaste la cara?

Les quedan cinco minutos para estar listos; no es hora de jugar.

Y así la lista puede seguir con frases que les repito a diario mientras salen de la casa y, por supuesto, contribuyen a fomentar la rutina que nos hace sentir (a nosotros los papás), que estamos en control de cada momento del día. Una vez se suben al carro o al bus, respiramos aliviados como diciendo, bueno, lo logramos un día más.

Hoy no fue la excepción: le dije a mi hijo de cuatro años, por favor lávate los dientes. Él respiró profundo, sacó el aire con un gruñido y empezó a lavarse. Fue uno de esos respiros que todos hemos hecho alguna vez cuando no nos queda opción más que seguir y hacerle ganas. Cuatro años. Con esto, podríamos pensar que ese pequeñín empieza a convertirse en un hombrecito hecho y derecho, que va a seguir adelante a pesar de lo que la vida le traiga… pero, lejos de darme tranquilidad, provocó en mí todo lo contrario. Tal vez mi ejemplo de los dientes sea exagerado, pero fue en ese respiro, en ese momento, que lo vi cargando todo el peso del mundo. Un peso que nosotros hemos ido imponiendo sobre él.

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Ser padres es un privilegio gigantesco y una responsabilidad igual de enorme. ¿Alguna vez nos hemos detenido a pensar en por qué somos padres? Yo, honestamente, lo hago muy poco. Pero hoy fue uno de esos días en que mi corazón, mi cabeza y mis dedos se pusieron en sintonía, y empecé a escribir.

¿De verdad nos convertimos en padres para esto? ¿Para llevar a nuestros hijos por quince años de colegio, otros más de universidad, casarlos, que tengan un trabajo “exitoso” donde pasen de ocho a diez horas de su día (si no es que más), que compren su propia casa para pagarla en veinte años, que cuiden a sus hijos, luego a sus nietos y luego morir? Lo cuestiono cada día, y cada día más que el anterior. Es una batalla interna muy fuerte para mí, a la que intento encontrar pies y cabeza en medio de tantas emociones y bulla cotidiana.

Mi hija de ocho años ha pasado toda la semana estudiando matemáticas. Ayer regresó  las 3:30 del colegio y una hora después estábamos sentadas en la mesa haciendo los repasos. Minutos antes, vinieron los vecinos a buscarla para jugar en el parque, y adivinen cuál fue mi respuesta. Exactamente esa. Ahorita no es hora de salir, vamos a estudiar porque tu examen es el viernes. Por supuesto, su cara y su estado de ánimo se transformaron y el estudio para ella se volvió el mismo no me queda otra, hay que hacerle ganas. Claro que esa personita debe entender que las cosas son así, porque así es la vida: no siempre tienes lo que quieres, ¿verdad? Nuevamente, lejos de sentirme tranquila, me empecé a cuestionar.

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Con todo esto, no quiero decir que dejemos a nuestros hijos hacer lo que quieran sólo porque sí, o que lleven los dientes sucios, descuiden su salud o que se vuelvan haraganes y desaprovechen las oportunidades, haciendo de su vida una nada. Los años de más que llevamos vividos nos dan una pizca de experiencia (no necesariamente sabiduría), que podemos aplicar en la educación de nuestros hijos y, para mí, eso marca una gran diferencia.

Cada mañana, al despedirme, me quedo pensando en ellos, en sus mentecitas, en cómo irá su día hoy. Después de todo este tiempo, me doy cuenta de que nosotros, los adultos, despertamos pensando que hay que hacerle ganas al trabajo, al tráfico, a las cuentas, incluso a los hijos. Regresamos a casa diciendo lo cansados que estamos, empezando a sembrar esa semilla en ellos y marcando sus vidas con esa actitud.

Esos ojos cansados que vi hoy en mis hijos tal vez no sean sólo de ellos, sino más bien un reflejo de mí y eso (respiro)… eso también me asusta.

Melissa

Ilustraciones de Christopher Zenner

2 Comments

  1. Heidy Altamirano de Galicia says

    Me encantó el artículo, realmente cada día los niños tienen menos tiempo y oportunidad para ser eso… niños!!!
    Ya no hay espacio en las agendas para jugar, ver nubes, observar hormigas o simplemente no hacer nada; cada minuto de su día tiene un plan trazado por alguien más, colegio, actividades extra curriculares (que a veces le gustan a la mamá o al papá, no al niño) enormes y pesadas tareas impuestas por los colegios y así pasan sus días, semanas y meses hasta que son adultos responsables, pero perdieron la oportunidad de ser niños felices y creativos

  2. Interesante el tema, me pasaba exactamente lo mismo con mis hijas y terminaba con un gran cargo de conciencia porque sabía dentro de mi, que mi fin último como mamá más allá de formar a las futuras mujeres de bien academicamente hablando que todo mundo espera, mi objetivo primordial siempre debe ser verlas felices y no repetir patrones que a mi no me sirvieron y que aún peor, no me ayudaron a encontrar la verdadera felicidad.

    Aprendí que no debemos enseñar con tedio como crecer para una vida tediosa sino más bien debemos aprender con alegría como ser felices para siempre.

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