Maternidad y Crianza
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REFLEXIONES DE PLAYGROUND Y cómo solucionamos nuestra primera situación difícil

Me gusta salir con mi hijo al área de juegos del lugar donde vivo. Me disfruto ver cómo poco a poco va mejorando sus destrezas físicas, cómo ha ido confiando más en él mismo y de lo que es capaz de hacer, me encanta cómo me busca con su mirada para que admire cómo cayó plantado cuando se tiró del resbaladero “de niños gwandes.” Rara vez juego con él, me gusta más observarlo y me he dado cuenta cómo su imaginación ha ido desarrollándose, cómo inventa diálogos y situaciones con sus carritos, cómo a veces hace pistas de obstáculos para él mismo, o cómo se maravilla con una fila de hormigas (“hormingas”). Para ser honesta, otras veces aprovecho para hacer llamadas, contestar correos o revisar las plataformas de SMG. Quisiera decirles que también leo, pero no: nunca he podido leer.

A veces tenemos el playground sólo para nosotros y otras veces hay hasta 10 niños, todos de edades diferentes. Fabián es un niño desenvuelto, nada tímido, habla bien para su edad y aparentemente tiene cero miedo al rechazo. Hemos tenido experiencias lindas, en las que los niños congenian e inmediatamente juegan juntos, otras en las que uno que otro niño es más tímido y le toma un tiempo “quitarse el frío,” otras en las que los niños simplemente no quieren incluirlo y él busca juegos o compañeros alternativos, y luego la de hace unos días.

Teníamos el playground para nosotros y Fabián comenzó a jugar solito. Llegaron dos niños más grandes y comenzaron a jugar entre ellos. Fabián los vio y su carita se iluminó; dio un gritito de felicidad y sin mediar palabra se trató de incorporar al juego. Me encantó ver su seguridad en sí mismo, cero dudas. Claro, los niños más grandes juegan de otra manera y no le tiraron mucha chibolita. Sentí el primer jalón de angustia en el estómago, pero creo que esas situaciones las debe resolver él mismo, así que no intervine. Dejé lo que estaba haciendo y puse más atención: antenitas de mamá completamente activadas. Los niños tenían cero interés en incorporar a Fabián a su juego, pero sí a sus juguetes. Para mi sorpresa, Fabián compartió sus carritos con una sonrisa y con brinquitos de emoción, supongo que asumió que estaba invitado a jugar. El “juego” era tirar sus carritos con fuerza contra el resbaladero y gritarle “cabeza hueca” a mi hijo.

La inocencia de mi bebé me partió el corazón, él continuaba riendo e intentando incorporarse al “juego.” Sentí esa respuesta física, como que me drenaran la sangre del cuerpo y se me fuera toditita a la cabeza. Me senté y respiré (la maternidad me ha cambiado… jamás pensé que fuera capaz de este tipo de autocontrol) y decidí que no podía controlar a los niños, pero sí podía sacar a mi hijo de esa situación, que claramente él aún no comprendía por estar más allá de su nivel de madurez. Con toda la calma que pude, me levanté y con un tono bajo de voz (espero), le pregunté a Fabián si quería ir a traer un vaso de fresco (esta técnica siempre funciona). Para mi sorpresa, no quiso. Entonces le dije que yo iba a traer mi pachón, me acompañara él o no. Su instinto de supervivencia fue más fuerte que sus ganas de “jugar,” y con lágrimas y súplicas me siguió.

Ya saben, en SMG nos enfocamos en lo positivo, y aunque quisiera sacar doscientas conclusiones acerca de ese niño y el ambiente en el que vive, mejor les cuento mis conclusiones acerca de lo que me incumbe a mí. Me gusta que Fabián busque la compañía de otros niños y que busque esa interacción con entusiasmo; mucha gente utiliza este aspecto para intentar convencerme a darle un hermano diciéndome “se va a acostumbrar a estar entre adultos,” pero eso es para otro(s) post(s). Estoy orgullosa de su seguridad, del desparpajo con el que se acerca a cualquier potencial compañero de juegos. Sé que el rechazo será parte de crecer, que todos lidiamos con eso eventualmente; cuando le ha pasado, lo ha podido manejar bien, más porque creo que aún no lo comprende en su totalidad. Me encanta que reciba a todos los niños con alegría (aunque a veces se estén peleando a los cinco minutos por un juguete) y que sus palabras siempre sean amables. Sí, a veces pega de gritos cuando alguien toca un juguete con el que él está jugando, que a veces ni siquiera es de él, y le cuesta compartir, pero es algo en lo que vamos trabajando y aprendiendo juntos.

En lo que a mí respecta, estoy muy contenta de haber mantenido la calma. Logré suprimir el instinto de gruñir y enseñar los dientes, y en su lugar, protegí a mi hijo sacándolo de una situación que aún no está preparado para enfrentar. Eventualmente entenderá lo que significan ese tipo de conductas y podrá escoger él mismo cómo las quiere solucionar. Pero para mientras, ¡aquí estoy yo, mijo!

-Edith 

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Entusiasta de la comida: hacerla, compartirla y disfrutarla; me gusta tanto, que la hice mi profesión y planeo mis vacaciones alrededor de ella. Mujer, esposa y mamá, mantengo mi sanidad mental escuchando rock ochentero y buscando la IPA perfecta. El amor no se encuentra, se construye.

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