Maternidad y Crianza, Ser Mamá en Guate
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Y TÚ, ¿QUÉ HICISTE TODO EL DÍA?

Te levantás a preparar el café todavía de noche, así te da tiempo de sentarte un rato en la computadora y adelantar ese pendiente. Te comés un pedazo de pizza fría que quedó de la cena, y te cae de perlas el olor que sale de la cafetera y el sonido de cada gota que cae en la jarrilla. Subís a oscuras, te sentás a trabajar y te das cuenta de que sos mucho más productiva a esta hora, cuando nadie está pidiéndote algo. Terminás ese pendiente en treinta minutos, cuando normalmente te habría tomado dos horas. Das un par de tragos a tu taza de café. “SÚPER MAMÁ”, dice tu taza. Te preguntás si en serio serás tan “súper”.

Todavía hay tiempo, así que decidís enviar correos. Qué importa si tus clientes piensan que sos una loca escribiendo a esas horas de la madrugada. Es ahora o nunca.

Suena la alarma.

“¡Ya es hora!” En los cuarenta y cinco minutos antes de que pase el bus hay mil pelos necios para asentar con agua (o con saliva, lo que haya más a la mano), una mochila para volver a revisar y manchas del desayuno en la ropa que, en el mejor de los casos, lográs borrar con toallitas húmedas o que mejor sólo tapás con el suéter. Son las ocho de la mañana y ya querés que sean las nueve de la noche para dormir. Se va tu esposo, se va tu hija en el bus y te quedás con tu bebé. Cambiás pañal, preparás el desayuno. Terminan de comer y vas a bañarte (con público, claro). Te arreglás en el baño mientras revisás tu agenda del día y ella saca todos los botes del gabinete, se para en el inodoro, agarra tus brochas de maquillaje y termina como payasito, pero la dejás porque así está entretenida.

Te sentás a terminar de enviar correos, escribir propuestas y leer para el curso que estás tomando. Lográs trabajar diez minutos antes de que te lleguen a jalar de la mano. Es bueno para los niños jugar en el jardín, así que allá vas. Sembrás plantas, jugás pelota, regás con la manguera. Tomás fotos de esas sonrisas y pensás, “no cambiaría esto por nada del mundo”. De regreso adentro, otro rato a trabajar con la susodicha sentada en tus piernas. Diez minutos después, es hora de hacer el almuerzo, así que bajás a cocinar con un ojo en la estufa y el otro atrás de tu bebé.

Almuerzan y suben a descansar un rato, antes de que te toque bajar a la oficina porque tuviste la brillante idea de trabajar desde tu casa. Deberías dormir, pero esperás a que se duerma la criatura y te ponés a hacer algo más. Algo “productivo”. Tal vez ella haga una hora de siesta, y sentís delicioso respirar en silencio y poder trabajar de corrido, o sólo poner tu mente en blanco y ver media hora de Kardashians para, literalmente, no tener que pensar en nada -cosa que jamás pasa, porque preferís ponerte al día con tus cosas y no sentir que estás perdiendo el tiempo… y te preguntás en qué punto de tu vida empezaste a equiparar el descanso con la pérdida de tiempo.

Ya es hora de ir por tu hija a la parada del bus. La ayudás con las tareas y te disponés a hacer y responder llamadas, mientras abrís los ojos como lunática y hacés el bailecito de “todos cállense por favorrrrrrr” porque pareciera que ponerte el teléfono al oído es señal de “todos por favor pídanme algo ahorita“.  A veces pensás que sería mejor regresar a un trabajo en otra parte porque, hoy por hoy, tu jornada laboral termina a las siete de la noche pero el trabajo realmente nunca se detiene.

Te convencés de que esto es lo mejor para todos, que para tus hijas es mejor tenerte cerca. Das otro trago a tu café, y con él también te tragás ese sentimiento de culpa por cada vez que juzgaste a una mamá que decidió dejar el trabajo y dedicar más tiempo a su familia, y por cada vez que juzgaste a una mamá que trabaja fuera de casa todo el día (incluso cuando tú ya has estado en ese lugar). Después te sentís culpable porque tenés un trabajo que amás, y por el que estás agradecida cada día de tu vida -¿con qué derecho te quejás? Y también maldecís un poco al que se inventó la idea glorificada de la “súper mamá”, aquella de los ocho brazos de las caricaturas que nunca se cansa, capaz de hacerlo todo bien, todo el tiempo y siempre feliz con una sonrisa en la cara, mientras tú sólo podés lidiar con lo que tus dos manos te permiten agarrar y has tenido que aprender a soltar cosas, te guste o no. ¿Algo estará mal contigo?

Al final, ¿qué jodidos es lo mejor? Alguien que te lo diga, porque a lo largo de tu maternidad has estado en todos los escenarios y todavía no lo sabés.

“¡Al agua patos!” Pijama, cena, dientes limpios y a acostarse.

Son las nueve de la noche. Tenés cosas pendientes pero preferís ver televisión un rato, revisar el celular y eventualmente dormir. Tu esposo te da un beso y muy sonriente te pregunta, “¿qué hiciste todo el día?”. Se te fruncen los ojos como lunitas, pero evitás la respuesta ácida porque sabés que su intención es buena; sólo es ingenuo y no tiene la menor idea de la reacción visceral que puede provocar esa pregunta en una mamá. Te quedás pensando y no sabés por dónde empezar; sólo decís “me fue bien”, y ahí queda. Hablemos de Netflix o de política. O simplemente no hablemos, gracias.

¿Cómo explicar que hiciste nada y todo al mismo tiempo? Ser mamá es un universo de contradicciones que nadie entiende, más que otras mamás.

Te levantás al baño, ponés la alarma y pasás a dar un beso a tus hijas. Pensás en todo lo que hiciste durante el día, en lo que dejaste de hacer, en lo que habrías querido hacer y simplemente no te alcanzó el tiempo ni las ganas, en lo que habrías podido hacer distinto, en lo que hiciste bien y en lo que hiciste mal. Les besás la frente, acercás tu nariz a su cabeza y cerrás los ojos, inhalando hasta lo más profundo para que ese olor a cielo se quede impregnado en tu memoria. Las ves dormir en paz y no comprendés cómo algo tan chiquito puede agotar todas tus energías, y al mismo tiempo recargar tus baterías con un par de micadas, un abrazo con tierra y un par de besos salados, para levantarte todos los días y dar lo mejor de ti. No cambiarías esto por nada del mundo.

Buenas noches, mañana corre y va de nuevo.

Natalia

Actualizado del original escrito para Siglo 21 el 29 de enero de 2017.

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Esposa, mamá, psicóloga y doula. Estudiante eterna, apasionada la vida simple y de todo lo relacionado con la maternidad -con un poco de jardinería, libros, vino, boxeo y Seinfeld en la mezcla. Vivo, escribo y cocino sin recetas, buscando el equilibrio para ser feliz haciendo lo que puedo, con lo que tengo, donde estoy -la clave es nunca dejar de evolucionar.

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