Me Contó un Pajarito, Ser Mamá en Guate
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Me contó un pajarito: Ella es tu maestra Un viaje personal con la crianza consciente

Esta es una carta de Jennifer a su hija, que explica su viaje personal con la crianza consciente.

Cada hijo entra a nuestras vidas con sus dificultades, su temperamento, sus retos y sus maravillas, pero el mito más grande que he tenido que desmantelar es pensar que la crianza se trata de los hijos. Y que mientras más trato de controlar el resultado de cómo “debería” de hacerlo, más me desconecto de lo que ya es. A través de la práctica de la crianza consciente, recibí un regalo para reconectar con mi niña interna, sanar mis heridas del pasado, y conectarme día a día con el momento presente, que, aunque nunca está sin sus retos, me ha liberado, elevado y transformado. Esto no solo se ha visto manifestado en el espíritu único de mi hija sino me ha hecho unir fuerzas junto a mi excelente colega Andrea, que con su sabiduría y experiencia, juntas creamos el espacio de Círculo de Crianza Consciente donde transmitimos, ayudamos y acompañamos a otros padres a emprender este mismo viaje.

Para ti, mi gran maestra.

Esta es como una canción de amor donde el coro dice algo así como gracias, gracias, gracias. Tal vez leas esto cuando tengas 18, o cuando tengas 28, o cuando tengas en tus brazos el regalo más hermoso que te pudo haber dado la vida, no sé. Lo que sí sé es que toda esta vida tu existir ha sido el motivo de mi propia crianza, el morir y volver a nacer de la manera más inesperada, anárquica y sublime. Y sólo te quiero decir: Gracias.

Desde lo profundo de mis expectativas, mi perfeccionismo y el cum laude desplegado en mi oficina, deseaba… pues eso, deseaba. Cuando estabas en mi panza te escribí una carta sobre tus ojos, tu voluntad y el evidente intelecto que desarrollarías a través de leer a Borges. Divagué sobre la salsa y las galletas, pero también expresé mi profundo deseo de que fueras feliz. Levanté una oración al cielo y lo dejé en manos de Dios, siempre esperando… deseando.

Veniste a remodelar nuestra vida, de la misma manera que un terremoto “remodela” una casa. Le da un twist claro, pero al verla te quedas pensando… “¿esto es?”
“Esto es… lo que es!”…las palabras mágicas que debían de haber aparecido en Google cada vez que buscaba “¿Qué hago si…? ¿Cómo hago para…? ¿Es normal si…?” Todo lo que exhumaba de mi cuerpo y mente era rechazo, resistencia y pelea. La famosa bipolaridad que leía en los libros: “¡Estoy inmensamente feliz! ¡Pero al mismo tiempo, quiero llorar y dormir para siempre!” El deseo cada vez más presente: “deseo que te duermas” “deseo que no llores” “deseo que solo estés tranquila” “deseo que gatees/camines/hables YA” “DESEO QUE TE DUERMAS” “deseo que seas buena niña/estudiante/mujer/emprendedora/que destaques a cuestas de cualquier cosa/pero que seas humilde/que no sufras.” ¿Algo más?

Si. Deseo que mi vida no sea anulada por la tuya, deseo no resentirte porque me estoy perdiendo de mi independencia, deseo poder transmitirte amor, seguridad y calma cuando lo único que quiero es salir corriendo, deseo no hundirme en un abismo de oscuridad donde mi ansiedad, preocupación, anhelo, cansancio, explosión de amor y llanto se vuelvan mi filtro y no me dejen “ver” el milagro que esta por suceder, deseo no dejar de ser yo.  Hasta que un día… lo dejé de ser. Gracias.

Un día, leyendo un libro sobre un hombre que se corta el pie con un pedazo de vidrio y que, después de tratarlo y vendarlo, al caminar nunca apoyaba bien el pie por miedo a sentir dolor, empezó a cojear y sufrir dolores de cadera. A raíz de esto, desarrolló un mal de columna que lo llevó a sufrir migrañas y llevar una vida sedentaria, infeliz. Todo por miedo a no sentir el dolor de la cortadura… que seguramente a los días de su lesión, ya no estaba. Me puse a pensar que si tan solo hubiera aceptado la realidad de su dolor, si tan solo no hubiera rechazado su situación, SI TAN SOLO HUBIERA APOYADO EL PIE – y ahí estuvo: La epifanía en forma de cliché: el sufrimiento es la resistencia a lo que es. “¿Y si tan solo acepto esto como lo que es?”

“Esto es.”

El terremoto empezó a cobrar sentido y a tocar la canción del giro de la trama. La generosidad de los mensajes del universo, mi profesión, mi sed de aprender a través de los libros y mi interminable y ridícula obsesión de encontrar “el propósito” me hizo descubrir finalmente lo que no sabía estaba buscando: Lo único que necesito hacer es aceptar lo que es, y en ese espacio está la paz. “Me parece que este terremoto era justamente lo que tenía que pasar, es más, voy a apreciar y saborear cada herida, cada pared rota, cada estructura desintegrada y a través de las rajaduras contemplaré la luz que entra.” Me di cuenta entonces que no estaba criando a una hija… tu, mi linda, me estabas criando a mí.  Gracias.

Esto fue lo que aprendí de ti: cada llanto tuyo es un llamado a despertar a mi paciencia, empatía y calma. Cada noche en vela es una oportunidad meditativa para rendirme ante el momento presente. Cada obstáculo es una guía para dirigirme a algo nuevo que todavía tengo que aprender de mi misma. Cada desafío es una ocasión para ver hacia adentro de mí y ver en dónde necesito crecer, y qué necesito soltar. Cada “no”, es una oportunidad para revisar mis propios límites. Cada enfermedad es una invitación para practicar la calma y experimentar los poderes curativos de una caricia. Cada miedo es un espejo a algo que no he sanado de mi pasado. Y que cada deseo… los benditos deseos… nunca fueron para ti; eran para satisfacer a mi compañero el ego y confirmar mi fantástico temor de que tu vida no era desde ya plena, valiosa y hermosa, solo porque existías. Gracias.

Jennifer Petersen
Mamá, psicóloga clínica, co-fundadora de Círculo de Crianza Consciente en Guatemala

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