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PONETE EN LA FOTO Pedacitos de mi maternidad documentada

“No me interesa la fotografia, sino la vida.” -Henri Cartier-Bresson

El otro día, me senté con mis hijas a ver los álbumes de fotos de mis primeros cinco o seis años; hay tantas, que no sé cómo hicieron mis abuelos y mis papás para tomarlas todas tan chileras, con cámaras básicas y sin mayor tecnología. En buen chapín, cero bolas. Todos nos vemos lindos o, mejor dicho, felices… tal vez porque en ese entonces se tomaba la foto y ya, no se revisaba, no se repetía mil veces ni venía el respectivo “post” inmediato que nos desconectaba del momento. Qué importaba cómo salías o si la imagen estaba movida; total, no ibas a saberlo sino hasta un mes después. Me di cuenta también en los slides de cuando mi papá y sus hermanos eran niños; todos salían lindos, guapos, felices y, sobre todo, sin ningún cuidado de la cámara. Mi abuelita aparece un millón de veces en las fotos, igual que mi mamá en mis álbumes: con sus peinados de la época, en su vida diaria, con sus cuerpos y sus comportamientos de mamás, sin poses especiales ni forzadas. Yo, en cambio, por alguna razón cada vez aparezco menos en fotos así -y precisamente de eso se trata este post.

Pasando las hojas de los álbumes, me vi como ahora veo a mis hijas en las imágenes, tan despreocupadas y contentas -sobre todo cuando el proceso de captar una buena imagen no duró mil horas. No sé si sólo a mí me pasa, pero muchas veces pienso ay Dios, si la gente supiera cuánto costó esta foto y todo el drama que hubo detrás (no digamos cuando hay más de un niño en el panorama). Aparte de que las cámaras de los celulares no siempre son las mejores, la facilidad de poder apachar delete y repetir un millón de veces la toma, más que simplificar, complica.

Totally 80’s

No puedo explicar lo que me cuesta sentirme cómoda para posar en fotos; incluso es chiste entre Edith y yo, porque me pongo tiesa y nunca me gusta cómo salgo. Todo el asunto me genera ansiedad cuando no es mi cámara y las fotos no están en mi control -si no, pregúntenles a mis amigas de Fotosónico, que tienen paciencia de santas y hacen un trabajo espectacular para hacerme sentir relajada, aún con mi pánico escénico. Supongo que a mis hijas les debe pasar algo similar, porque las imágenes más lindas que tengo de ellas son las más espontáneas.

Díganme si no, de repente los niños desarrollan su “cara de foto”: esa sonrisa rígida que, en la era de las redes sociales, sólo dibuja un ya mama, por favor bajale, dejame jugar/leer/bañarme/pintar/comer en paz.

Avanzando en el tiempo a través de las fotos, me di cuenta de que cada año aparezco menos; hay un par de mi adolescencia y las de ahora generalmente son con mis hijas, con mi familia en cumpleaños, navidades o posts para SMG -de plano, porque la mayoría de fotos en esta casa, las tomo yo. Hay miles de miles de mi esposo y de mis hijas en días comunes y corrientes (de alguna forma logré llenar la memoria interna de mi celular y la tarjeta SD), y muy pocas fotos mías en el día a día. Lo que más tristeza me da, es que tengo muy pocas fotos de mis pospartos; seguramente no dejé que me tomaran muchas. Selfies, he tomado un montón y conservado muy pocas porque después viene el sentimiento de para qué voy a guardar esto. Delete. Igual que delete un montón de las fotos que le pido a mi esposo porque salen borrosas, movidas, torcidas o fuera de foco, o yo salgo con la panza de fuera, el ojo cerrado o el pelo parado. Definitivamente, no lo culpo por no querer ser mi fotógrafo oficial.

Hace poco empecé a trabajar con el Huawei P20; me emocioné desde el inicio, aunque no imaginé lo que significaría tener en mis manos esa cámara. Pensando en cómo ponerla a prueba, le pedí a mi prima, que no es fotógrafa profesional pero es fiel a la marca igual que yo, llegar a mi casa un día equis y sin avisar, sólo a tomar fotos sin planificar nada. La idea era simplemente estar ahí, haciendo lo de siempre, sin posar y con alguien persiguiéndome por todos lados con una cámara.


Antes de hoy, a pesar de que hay cámaras todo el tiempo al alcance de nuestros dedos, no tengo fotos donde yo forme parte de nuestra cotidianidad. No tengo fotos leyéndoles cuentos, preparando su comida, jugando con ellas, riéndonos a carcajadas, acompañándolas a bañarse o a hacer tareas, bailando en pijama en la sala familiar o sólo viendo tele después de un día cansado de rutina. No hay fotos mías en un día cualquiera, en los ratos en que soy su mamá y nada más.

Un día ya no voy a estar y no quiero que mis nietos me conozcan por esa vez que estaba maquillada y peinada, el día que fui a un estudio a tomarme fotos o en los cumpleaños, navidades y ocasiones especiales. Quiero que mis hijas tengan recuerdos físicos de los días normales, comunes y corrientes, en que leímos juntas o pasamos tardes enteras haciendo todo y nada a la vez; de los momentos en que curé sus raspones y sequé sus lágrimas -que todas las mamás sabemos, son casi todos los días. Mi esposo tiene fotos suyas enseñándole a Valeria a montar bicicleta, llevando a Catalina sobre sus hombros o caminando con ambas de la mano; yo no tengo muchas fotos así, no precisamente porque no tenga quién las tome, sino porque soy re llena de cuentos con eso. Ya no quiero ser así.  

Mi ritual de todos los días

Juro que ni cuenta me di; cien puntos a la fotógrafa.

En fin, mi prima apareció un lunes, el primer día de clases de pintura de Valeria -mi casa era un desmadre y la pobre maestra de arte debe haber salido asustada de aquí (María Mercedes, un millón de disculpas; no siempre es así). Pero las fotos, puchis; me gocé verlas todas después, sentí que solté tres quintales al no tener el control sobre ellas, me sentí aliviada de no tener que posar y de sólo verme así, como soy cuando sólo soy mamá. Me encantó ver nuestra vida documentada un día cualquiera, sin repetir la foto mil veces porque yo no salí como pensé que debía salir.

Pocas imágenes movidas, pocas imágenes fuera de foco y muchas fotos preciosas y claras. Entiendo por qué las fotos viejitas salían tan chileras, y es que eran tomadas con una buena cámara.

Curando cucos.

A pesar de que esto inició como un proyecto de trabajo, tuvo un impacto mucho más profundo. Quiero aprender a soltar el control, a documentar nuestra vida tal cual es, a no tener que posar, que meter la panza o enderezar el ojo para que un recuerdo sea digno de conservar. No quiero decir que estas fotos son de mamá real, porque todo lo que hago es parte mi realidad, pero esta faceta de mí casi nunca queda documentada. Me encantó ver mi sonrisa genuina, verme despreocupada y ocupada haciendo lo que hago mejor, lo que me hace más feliz en el mundo. Encontré un sentido nuevo a eso que decimos, “ponete en la foto”.

Me encantó verme como antes, como aparecen mi mamá y mi abuelita en los álbumes, en su vida diaria, cero bolas. Las fotos que tomo a mis hijas son un recordatorio de cuánto disfruto mi maternidad y cuánto las disfruto a ellas. Esta vez, sentí que también se pudo captar, en alta definición y sin complicaciones, cuánto me disfrutan ellas a mí.

Natalia

Esta publicación es posible gracias a la cámara Leica de Huawei P20 y gracias a Ximena, mi prima y el ojo maestro detrás de las fotos. 

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