Lifestyle, Maternidad y Crianza, Ser Mamá en Guate
Leave a comment

A TUS DIEZ Carta a mi diezañera

A Valeria.

Hace rato no te escribía como antes. Desde que eras muy pequeña, te escribía cartas largas, cortas, a veces sólo de un párrafo en mis redes sociales o en algún papel. De hecho, te escribí la primera estando aún en el hospital, en uno de esos ratos eternos y sin sentido en los que te llevaban a sala-cuna y yo me quedaba ahí, en la habitación, platicando con las visitas, viendo tele y esperando. Creo que dejé de hacerlo tan seguido mientras fuiste creciendo, conforme yo fui sintiéndome más cómoda en mi maternidad y ocupándome de mil otras cosas. 

Nuestra vida ha sido bastante estable en los últimos años; por ratos, contigo y Catalina ya más grandes, siento que por fin domino este asunto de ser mamá de dos y llevar una casa con una familia completa dentro. Hay momentos en que me veo al espejo muy satisfecha por el camino recorrido, muy adulta yo. Curiosamente, mi comodidad se refleja en que he dejado de escribir casi por completo.

No es ningún secreto que escribo mejor cuando algo pasa, cuando algo se mueve en el esquema predecible, cuando alguna pieza no encaja en su lugar. Escribo mejor cuando las emociones me sobrepasan y necesito sacarlas de alguna manera; cuando escribo puedo hacer pausas, pensar mejor, ordenar mis ideas y entender más allá de lo que mi ansiedad me permite.

Pues hoy es un día de esos en que me vuelan los dedos en el teclado. Decidí escribirte porque hace poco tuvimos una de esas conversaciones -de esas para las cuales creí, en mi mente ilusa, que hacía falta bastante todavía… y me cayó el veinte de que ya no sos la niña que eras hace un año. No se trata de sexo, drogas y rock n’ roll, diría Ian Dury. Se trata de cómo tu mentecita, cada vez más madura, entiende el mundo completo de otra manera: cada evento es captado y procesado de formas que a veces me asombran -mejor dicho, a veces me caen encima como el yunque del Coyote y el Correcaminos y, de un sopapo, me traen de vuelta a la enorme responsabilidad de acompañar y educar a una niña de tu edad.

Desearía poder protegerte siempre, aún de las cosas que están fuera de mi control y a las que estás expuesta todo el tiempo y sin querer. Sé que has visto titulares duros en la prensa o noticias en la televisión; quisiera protegerte de la tristeza que sufren otros niños y sus familias, de las enfermedades, de la violencia, de la corrupción. Sé que has escuchado conversaciones de adultos cuando a todos se nos olvida que ya no sos bebé, y también se me olvida que aún sos pequeña y espero de ti más de lo que podés ofrecer. Sé que has atravesado experiencias complicadas a lo largo de tu vida, desde muy chiquita y sin poder opinar. Sé que los adultos a tu alrededor hemos tomado decisiones que tal vez tú no habrías querido así y que has tenido que aprender sobre la pérdida de personas amadas, mucho antes de lo que quisieras.

Quizás tus preguntas, cada vez más profundas y serias, me confrontan con el mundo real y yo quisiera todavía no tener que explicarte tantas cosas, que para mí son mucho más complejas que el sexo, las drogas y el rock-n-roll.

Pienso que me ha costado llegar a ese punto de equilibrio y asimilar que estás alcanzando esa edad (la más temida después de los terrible twos), y que, al mismo tiempo, sos mi niña todavía. Ahora llegamos a un momento de nuestras vidas en que convergen nuestra dificultad para adaptarnos y nuestra necesidad de comprendernos mejor. Teneme paciencia, mija… cuesta un poco verte crecer, sentirte crecer tan rápido entre cada abrazo.

Entiendo que es natural probar límites a tu edad, pero cómo me cuesta asimilarlo. Estoy consciente de que a veces me engancho en conflictos por miedo a soltar las riendas más de lo debido. Pero, ¿quién jodidos sabe cuánto es lo debido? A veces mis inseguridades me hacen reaccionar, en vez de actuar; cada vez me exige más esfuerzo mantener el orden de las cosas y eso me da miedo.

Es difícil cuando tu manera de retar ya no es con un simple berrinche, sino con una mirada, con una palabra o un gesto de tu cara. Duele cuando tus ojos me resienten y me muestran pensamientos que antes no existían ahí. Y duele aún más hacerte lo mismo de vuelta. Te jalo para arriba o me bajo a tu nivel; aún no logro encontrar el punto medio todo el tiempo.

Hoy te veía en la piscina de pelotas y me invadió la ternura, como cuando te vi jugar a los piratas con tus amigas en tu cumpleaños; a veces te siento tan grande y tan pequeña al mismo tiempo, tan como eras antes del Roblox, antes de la cantaleta para que te compremos un celular porque fulana y mengana ya tienen, antes de las luchas para peinarte, cortarte las uñas y tomarte fotos -antes de verme otra vez como esa mamá primeriza, inexperta, que no tiene idea de lo que está haciendo. Hoy me di cuenta de que el tiempo se me fue volando y que esos ratos de niñez, son tesoros.

Te escribo esta carta, no para que la leás hoy, sino más adelante, cuando podás entenderla mejor. Escribo esta carta también para mí, como un recordatorio cuando necesite ser más compasiva contigo y conmigo misma. Ambas estamos aprendiendo, aprendiéndonos. Estoy segura de que, así como estoy conociéndote de nuevo, hay muchas cosas que recién estás conociendo sobre ti misma y sobre mí; algunas de las cuales seguramente te gustan y otras, no tanto -y eso está bien. Estoy convencida de que la incomodidad de esta etapa no es un obstáculo, sino una oportunidad para reencontrarnos en otros espacios, de otras maneras.

Dicen que a los hijos mayores les toca la peor parte: esos papás escuetos que constantemente intentamos mantener bajo control la sensación de no saber ni rosca, y que con eso cometemos todos los errores habidos y por haber… pero yo te aseguro que tú te has llevado la mejor parte de mí desde el día en que naciste porque, con todo y mis fallas garrafales, me has hecho mejor persona.

En tu octavo cumpleaños te escribí esto, que hoy es tan vigente como nunca:

Con el paso del tiempo, he aprendido a dejar ir las culpas, a asimilar mis errores, a proyectarme hacia el futuro porque en esta radiografía hay fisuras, pero también hay alegrías infinitas, hay suturas finas, hay resiliencia, salud, ganas genuinas de seguir. 

No sé si alguna vez podrás dimensionar cuánto te amo y el efecto tan profundo que has tenido en mi existencia. Cuando tú naciste, nacimos las dos; gracias por llegar al mundo y por ser mi motivación en un momento de mi vida en que necesitaba mucha. Gracias por devolverme la creatividad y ser mi motor hasta el día de hoy; por moverme la silla y hacerme sentir tanto, tanto, que estoy escribiendo otra vez.

Gracias por el regalo de lo espontáneo; porque no me ofreces sólo color de rosa, sino un abanico de todos los colores.

Te amo para siempre,

Mama.

Natalia

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *