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Si te dijeron que es fácil En la Semana Mundial de la Lactancia Materna

Estamos acostumbradas a pensar que la lactancia debería ser fácil. Y sí, hubo una época en que la lactancia era natural, instintiva. Nadie dudaba de la capacidad de una mujer para alimentar a sus crías; simplemente era necesario para la supervivencia de la especie.

“Es lo natural”, dicen por ahí. Yo diría, “era lo natural”; en otro momento de la historia, todos los niños crecían siendo amamantados mucho más allá de los dos años, sin que nadie dijera a las madres que su leche es agua, que no alimenta, que malacostumbra. Las niñas crecían viendo a las mujeres amamantar en compañía, sin problemas, sin preocupación, sin dolor. En algún momento, la primera opción no era la leche artificial. 

Hoy, si algo no sale como esperamos, creemos que algo pasa en nuestro cuerpo, que estamos haciendo algo mal, que seguramente no nos preparamos lo suficiente o que simplemente no lo logramos. Nunca nos dicen que muchas veces el sistema nos falla, que no hemos tenido apoyo suficiente, que son demasiados los obstáculos. Sí, hubo un tiempo en la historia de la humanidad en que no era necesario tomar infusiones de hierbas, píldoras prenatales, cinco litros de agua por día y limitar la dieta a pollo cocido y verduras para tener buena leche; sencillamente era buena y cada madre lo sabía, como una gata, una ardilla, una jirafa, una hiena y una leona saben que su leche es buena.

Hoy leemos todos los libros, escuchamos todos los consejos, hacemos todas las dietas, tomamos todos los menjurjes. No hay que comer aguacate, frijoles, brócoli, fresas, manías, naranja, piña, glúten, azúcar, lácteos, perejil, tomate, elote, carne roja ni huevos, porque pueden hacer daño al bebé. Hay que tomar treinta litros de ixbut. No hay que enojarse ni ponerse triste, porque el enojo y la tristeza se pasan por la leche. No hay que dar de mamar si tenés gripe. No es normal sentir dolor; si te duele, no lo estás haciendo bien. Tal vez tu pezón es plano, invertido, muy pequeño, muy grande, muy suave, muy firme. ¿No te lo “hiciste” con un pashte durante el embarazo? Mmmm… de plano es eso. Uy, quiere mamar cada hora, seguramente no se llena con tu leche. Deberías arreglarte un poquito para tu marido. ¿Llevás más de seis meses, más de un año, más de año y medio, más de dos años? Por todos los santos, pobre niño.

En fin chula, mejor dale pacha porque algo estás haciendo mal.

No pude, no tuve leche, el doctor dice mi leche no llena, que no tengo buena leche. Si la lactancia es “lo natural”, seguro hay algo malo conmigo. 

¿Cómo te estás sintiendo con todo esto? ¿Estás cansada? ¿Te cocino algo? ¿Te saco la basura, te trapeo la cocina, te ordeno el cuarto, te lavo los platos, te hago la cama? Veamos dónde duele, quizás haya alguna posición más cómoda para ambos. ¿Qué querés hacer tú? ¿Cómo te sentís más a gusto? ¿Querés compañía? Llego a tu casa y vemos una película, yo llevo los poporopos. ¿Necesitás dormir? Acostate cómoda con tu bebé, yo los acompaño aquí, en silencio. Esto toma tiempo, sé paciente contigo misma. 

¿Quién nos dice eso?

Estoy convencida de que, para el ser humano de hoy, la lactancia no viene natural. Necesitamos apoyo, confianza, convicción propia y de quienes nos rodean. Necesitamos sentir que el éxito no viene de la pacha, del sacaleches, del té, de las vitaminas, de la dieta. Necesitamos sentir que el éxito es nuestro y de nadie más. Necesitamos sostén, tiempo, respeto, amor, porque amamantar es un fenómeno fisiológico que abarca cada fibra del cuerpo y se entreteje con el espíritu, y así requiere entrega, constancia, esfuerzo, energías a veces sobrehumanas.

Si alguien te ha dicho que debería ser fácil para ti, es mentira. No siempre es fácil. No deberías poder hacerlo sola. No deberías saber cómo hacerlo. No sos chambona ni sos haragana. Sos una mujer normal que vive en esta cultura que todo el tiempo nos dice que necesitamos algo más para hacer las cosas bien, porque nuestros cuerpos no son suficientes. Que deberíamos aprender más rápido, que deberíamos producir más en menos tiempo. La vida se nos mide en onzas.

Lo que sí puedo asegurarte es que la lactancia es muchísimo más que alimento, que producción, que relojes y que apps en el teléfono. Es lágrimas de felicidad por esa primera succión, ese intercambio de miradas, esa sensación de logro. También es lágrimas de cansancio, de soledad, de frustración. Es querer seguir para siempre y a veces querer mandar todo al carajo. Si te dijeron que era fácil, te mintieron. Pero yo no te miento cuando te digo, viendo hacia atrás y con el corazón lleno, que cada gota vale la pena.

Si algo no va como esperabas, buscá apoyo de donde te venga bien. Más que googlear, llamá. Más que whatsappear al pediatra, hablá con alguien que sepa acompañarte sin juzgar, que pueda apoyarte y ayudarte a encontrar la solución que sea mejor para ti y para tu bebé, más allá de lo que dicen los libros y hasta donde tú querás llegar. Confiá en tu intuición y no lo hagás sola. Te lo digo yo, que anduve por ese camino durante dos años y medio: con el apoyo de tu tribu, todo se pone mejor. 

Natalia

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