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CRECIENDO JUNTOS La vida familiar con un perro en casa

En posts anteriores, les conté acerca de cómo escogimos a Athina para formar parte de nuestra familia y cómo nos preparamos para recibirla. Nos hemos gozado cuidarla y educarla y ella a cambio nos ha dado su amor incondicional, su compañía e incontables momentos divertidos, anécdotas y, en general, una sensación de hogar a nuestra casa de recién casados.

Cuando nos enteramos, cuatro años después, que Fabián vendría a completar nuestra familia, en una de las primeras cosas en que pensamos fue en cómo fomentar la buena relación entre ambos. A la par de toda la información que leía acerca de lo que sucedía semana a semana con mi bebé, leía acerca de cómo “presentarlos” sin que ella sintiera que se le estaba quitando atención o espacio. Athina era consentidísima, nos acompañaba a todos lados y aunque nunca durmió con nosotros (¡ronca muchísimo!) sabíamos que sentiría un cambio.

En ese punto de nuestras vidas, yo dejé mi trabajo fuera de la casa debido a un primer trimestre de embarazo complicado y ella me acompañó durante las eternas semanas de reposo, en esas siestas del sueño pesadísimo del embarazo y en los preparativos para recibir a Fabián: armar moisés, pintar y decorar su cuarto, armar la cuna… ella siempre estuvo a mi lado. A veces parecía entender lo que estaba sucediendo y ponía su carita encima de mi panza. Me da mucha ternura recordar esos momentos.

Al llegar con Fabián a la casa, Athina inmediatamente supo que había algo diferente. Se sentaba frente a mí con las orejitas completamente paradas y escuchando con atención los sonidos que hacía Fabián. Se quedaba ahí durante esas maratones de lactancia de las primeras semanas y por momentos hasta parecía resentir que no era ella quien estaba entre mis brazos. Decidimos con mi esposo que sería él quien saldría a jugar con ella y quien básicamente se encargaría de todas las tareas de su cuidado que antes compartíamos y, con el corazón apretado, les confieso que a veces siento que en esa época ella prefería estar con él que conmigo.

Esos primeros meses, Athina simplemente veía a Fabián con muchísima curiosidad mientras estaba en mis brazos, le permitimos olerlo todo lo que quiso y ella vigilaba con intensidad el columpito en el que él hacía la siesta.

En cuanto él tuvo más movilidad, Athina comenzó a interactuar más con él. Le fascinaban los calcetincitos de Fabián y se los quitaba en cuanto tenía oportunidad. Quiero creer que hicimos un buen trabajo educándola, porque jamás mordió un juguete ni le quitó algo de las manitas. A mi mamá siempre la ponía nerviosa la tranquilidad con la que yo dejaba a Fabián en su alfombrita de foam con ella cerca, pero yo confié siempre en la naturaleza amable de ella.

Conforme Fabián creció, los papeles se invirtieron y era él quien perseguía a Athina.  He de decir que a ella nunca le pareció muy gracioso y nos veía con ojos de “ayúdenme, por favor,” pero así como la educamos a ella para respetar a Fabián, a él también le enseñamos a tocarla con cuidado y respeto.

A la fecha, creo que lo que más le gusta a Athina de Fabián es la propensión que tiene a botar comida. ¡La hubieran visto debajo de la silla de comer! Básicamente agarraba la comida antes que tocara el piso. En la casa, cuando salimos a comer un helado, en la casa de los abuelos, cuando nos la llevamos a la playa o a cualquier vacación, Athina está debajo de la mesa, a la espera de cualquier pedacito que vuele, grande o pequeño. Siempre dije que el mejor aliado en el baby led weaning es un perro que atrape todas las migas que inevitablemente vuelan. A pesar que somos estrictos con su comida, siempre dándole un concentrado de buena calidad, como Dog Chow, no puedo negar que es divertido ver su emoción al ver que Fabián tiene algo en la boca.

Hemos procurado involucrar a Fabián en el cuidado de Athina, en sus baños, llevándola con la correa (él se siente grande, como papa y estos tips nos ayudaron mucho), dándole de comer (que era su parte favorita del día en cuanto aprendió a echarle la comida con la palita en su plato) y acompañando a papa a sacarla a hacer pipi y popo. Todo esto con el fin de que él internalice que es importante quererla y cuidarla como nos cuidamos unos a otros en nuestra familia.

Athina era un perro adulto cuando Fabián llegó a la casa, así que asumo que él la ve como “mayor.” Nos dimos cuenta de eso ahora que comenzamos con la etapa de terrores nocturnos, que él comenzó a pedir que ella durmiera en su cama con él para sentirse seguro. No se imaginan cuánto se me hinchó el corazón de felicidad / ternura / emoción. He de confesar que hasta se me salió una lagrimita.

Verlos juntos siempre es lindo. Yo siempre crecí con un perro (o más) en la casa y no puedo pensar en la vida sin ellos, porque ¡nos enseñan tanto!  Más que un perro Athina es un miembro de nuestra familia.

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Entusiasta de la comida: hacerla, compartirla y disfrutarla; me gusta tanto, que la hice mi profesión y planeo mis vacaciones alrededor de ella. Mujer, esposa y mamá, mantengo mi sanidad mental escuchando rock ochentero y buscando la IPA perfecta. El amor no se encuentra, se construye.

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